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Angulas al pil pil: una receta imaginaria 

 

 

Al empezar a contar la receta de las cocochas al pil pil, que en mi casa, jamás se preparon y ni siquiera se conocía su existencia, me acordé de las angulas al pil pil, que es algo que nunca he cocinado, ni posiblemente cocinaré por su precio probitivo, o más bien obsceno. Sin embargo,  no puedo dejar de recodar lo mucho que siempre me impresionó esta receta.  Así que decidé que iba a ofreceros una receta imaginaria de mi niñez, que quizá no necesitéis nunca, pero si os gusta la cocina os parecerá interesante conocer el ritual de este plato, teniendo además en cuenta que las angulas del Eo son de las mejores de Europa. Indudablemente el plato merecía aquella parafernalia. Lo primero era que nos se preparaban más una o dos veces al año;  en cuanto aparecía por la puerta el pescador con las angulas en un cubo de zinc, la cocina se preparaba para el acontecimiento culinario más importante del año, pues aunque aquel manjar no se apreciaba como ahora, en mi casa siempre se valoraron como un producto absolutamente único. El ritual era siempre el mismo, cual Nelson en Trafalgar, mi madre se ponía al mando para dar órdenes y más órdenes; la primera tarea eran sacar las telas blancas de lienzo  que se debían extender en cualquier superficie de la cocina, que por supuesto, cambiaba su apariencia cotidiana. A partir de ahí, había que matar a aquellos animalitos vivos, transparentes y plateados, metiéndolos en unos recipientes a los que se les echaba picadura de tabaco. A veces pienso que este procedimiento dio lugar al slogan publicitario: "El tabaco mata".  

 

 

 

Mientras en la cocina económica, el agua ya hervía en una olla grandísima, esperando a que cambiaran su bonito color transparente en un blanco grisáceo, que hacían de inmediato, después de escaldarlas apenas unos minutos para, finalmente, extenderlas en aquellas mortajas, en donde pasarían toda la noche para que a la mañana siguiente estuvieran bien secas.

 

 

 

 

Al día siguiente, se ponían en una cazuela de barro, en la que previamente se habían confitado unos ajos y unos minúsculos trocitos de guindilla, y allí con el aceite caliente (pero no arrebator) y sin dejar de remover se tenían unos minutos. Aquel pil pil, era la onomatopeya del chasquido de la angula en contacto con el aceite caliente, pero no tenía nada que ver realmente con el "pil pil"  al que me referiré con las cocochas o el bacalao. 

 

 

 

Me pregunto ¿por qué la angula y todo lo referente a ella ha quedado tan grabado en mi memoria? Deb etener que ver con  las explicaciones que solía dar en clase sobre  el porqué de recordar unas palabras mejor que otras, a veces incluso mucho más conocidas o útiles (sobre todo en el idioma extranjero); mi razonamiento se basaba en el impacto emocional que causan algunos términos. He pensado y repensado que una de las circunstancias que siempre he asociado con las angulas era aquel pescador que las traía y el imborrable incidente de su perro; que, además, lo conecto,  a su vez, con  la diferencia caracterial de mis padres,.

 

Si mis lectores son tan curiosos como yo, querrán conocer esta historia. Era un miércoles, y la sala de espera de mi padre, un hall grande con un precioso suelo de azulejos antiguos, se llenaba de paisanos que venían a la consulta; incluso la puerta de la calle se dejaba abierta para que los que no cabían, se quedaran en un zaguán grande que daba a la escalera exterior. Los clientes, en su mayoría campesinos o tratantes de ganado, no olían especialmente a Chanel Nº 5, sino que tenían un olor característico, que mi madre, muy políticamente incorrecta, llamaba "hambrío", término que aplicaba a todo olor que no fuera de su agrado. Esto viene  a cuento porque la anécdota que voy a relatar es uno uno de esos retales que completan el "patchwork" de mi infancia, o quizá mejor de cómo era mi familia. 

 

  

 

 

Por la consulta aparecía todos los miércoles un cliente de cabellera blanca y boina, de la zona más "enxebre" del nacimiento del río; vestía una camisola negra, propia de los "xateiros" (tratantes de terneros), y era pescador y cazador en su tiempo libre. Este personaje, claramente "un cliente de plantilla", ya que no faltaba ni un solo día de mercado; yo no sé si era de natural litigante, más bien parecía que, a pesar de la desconfianza del paisano gallego, tenía en gran estima el asesoramiento de mi padre, aquel andaluz que no sólo consentía que hablasen en gallego en la consulta sino que les decía que debían hacerlo, porque la información era mucho más precisa.

 

Un buen día, apareció el susodicho aldeano con un perro cazador precioso, blanco con manchas negras, muy manso que se acurrucó en la sala de espera debajo de la silla de su dueño, sin rechistar. Cuando lo vi tuve la sensación de que aquella estancia se había convertido en una realidad diferente. Cuando entró mi madre y vió al perro, se quedó horrorizada porque, aunque ella misma no podía dejar de apreciar a aquel hombre que nos proveía de aquellas maravillosas angulas (sin olvidar las lampreas y salmones), su fobia hacia los animales era tal, que sólo el pensamiento de que podían contaminar su impoluta casa, la hizo reaccionar de forma compulsiva, diciéndole a la muchacha que educadamente le pidiera que llevase el perro al portal; el respetuoso dueño bajó las escaleras sin emitir ningún tipo de protesta, y dejó al perro fuera del portal, sin correa, ni nada que lo sujetase, y el pobre can lo esperó sin inmutarse hasta que después de un buen rato apareció.

 

 

 

  

 

Cuando a su amo ya le había tocado su turno, entró en el despacho y casi al instante salió mi padre con el semblante demudado; mi progenitor era hombre tolerante, afable, educado y comprensivo donde los hubiera (exceptuando en asuntos de ideología política); pero ante la injerencia de mi madre, que había osado traspasar los límites de su santa santórum, expresó en tono tajante, pero con palabras correctas, que a partir de ahora el perro no sólo acompañaría a su dueño en la sala de espera sino que también entraría en el despacho. Desde aquel momento, el perro, que era perra y se llamaba Perla, ya era otra habitual del miércole, a la que saludábamos con todo tipo de carantoñas;

 

Lo más curioso es que mi madre que sabía perfectamente cuando su cónyuge hablaba realmente en serio, aceptó la presencia del "can" sin rechistar. Aquel miércoles de mercado no fue igual a los otros, mientras nos comíamos el cocido, se oía hasta el zumbido de una mosca, pero todos nosotros, a excepción de mi madre, que aquel día enmudeció, vibrábamos de alegría interior ante la contienda que mi padre acababa de librar y ganar, y además lo había hecho con el pacifismo que lo caracterizaba. Ambos mis progenitores habían tenido perros; mi padre hablaba de su perrita "Jenny" como de las cosas más preciadas de su casa, mientras que mi madre solía referise a los perros como los "perros" de la Goleta. En mi casa nunca hubo perros por eso de que "no se pueden tener perros en los pisos"; mi madre era de la opinión bastante extendida de que los perros son "perros", algo de lo que yo siempre he disentido. Pero, cuando años más tarde la vida que ya había pasado por ella, y además es totalmente impredecible, le tenía preparado algo que la haría cambiar de opinión. Muy cerca del final de su vida, la perrita de mi hermano había ganado su corazón por su cariño, compañía y fidelidad. Nunca podré olvidar, que ya muy cerca de la muerte, dijo una frase que se debería esculpir en mármol: "No se sabe lo que es tener un perro hasta que se vive".  Ahí tenéis a nuestros perros (Gelsomina, Luca y Bhambhaní). 

 

 

 

 

 

 

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