LA COCINA COMO TERAPIA
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Bollería

 

En esta sección voy a tratar de saldar antiguas cuentas con el pasado. Pero antes de nada, debo explicarle al lector qué clase de dulces voy a incluir en Bollería. Mi elección va a tener que ver más con cuestiones personales que con la lógica gastronómica; en este sentido, voy a meter todas aquellas delicias que se elaboraban en mi casa para la hora de la merienda; y que nunca faltaron mientras estábamos todos. Procuraré ofreceros cosas tan apetitosas como: cakes, bizcochos, tortas, galletas, magdalenas, rosquillas, pastas, scones, etc.

 

 

 

 

Personalmente, la relación con estas exquisiteces, ha sido para mí una obsesiva búsqueda en pos de aquellas preciosas recetas que, por supuesto, muerta mi madre, estaban perdidas y no eran fáciles de encontrar. Estas búsquedas ya se han convertido en verdaderas aventuras detectivescas; unas veces han sido exitosas y el papelito amarillento en donde la receta estaba escrita, apareció sin mucha complicación, pero otras se convirtieron en verdaderas indagaciones sobre personas ya muy lejanas, que he ido localizando para conseguir el secreto de alguno de mis recuerdos.  Estas recetas supusieron para mí, la misma sensación de cuando se coleccionan cromos, y de pronto aparecía uno realmente díficil de conseguir. Creo que Kate Morton, cuyo argumento recurrente en sus novelas es cómo un objeto, o una circunstancia trivial, nos conducen a descubrir un terrible misterio del pasado. Creo que no sería mala idea que utilizase la recuperación de una receta antigua como leit motiv para aclarar una alucinante historia de suspense.

  

Esto me lleva a una cuestión que últimamente me preocupa mucho: los recuerdos, que a veces están a medio camino entre la realidad y la fantasía. En la receta del valor terapéutico del caldo, recordaba la anécdota de los "canecos", esos objetos que "servían" para calentar la cama; en esencia, estas "botellas de barro" fueron las que me impulsaron a escribir esta página web:  objetos, reales para mí pero inexistente para la mayoría de mis conocidos, y sobre los que llegué a creer que no eran más que el fruto de mi fantasía infantil (porque además cuando algo no está en internet es que realmente no existe). Pero, oh casualidad, un día comiendo en el restaurante Mogay de Chantada vi una vitrina del comedor en donde guardaban una colección de canecos antiguos, todavía con el precioso licor de Kummel dentro. Fue como si en aquel comedor me hubiera encontrado el Santo Grial, con Lancelot, Ginebra y el rey Arturo comiendo en Chantada, en lugar de Camelot.

 

 

 

  

Otro recuerdo perdido, con el que he soñado repetidamente, eran los caramelos de mandarina que mi padre solía traerme de Oviedo de una  pastelería de siempre, "Peñalba". Hace relativamente pocos años, tuve que ir a Oviedo por motivos profesionales, pero mi obsesión era volver a degustar mis recordados caramelos, y me fui directamente a la pastelería para comprarlos; pero me encontré con que la dependienta, con cara de asombro, me contestó: "No tenemos, ni tuvimos nunca". ¡Alto  ahí! que no tengan es una cosa pero que no han tenido nunca es otra!"; y no pude por menos que explicarle lo que eran aquellos inigualables caramelos. 

 

 

 

  

Mi madre hacía unos bollos de leche incomparables, que se guardaban en un armario blanco con puertas de cristal y en donde también se conservaban las magdalenas, el dulce de manzana, el chocolate y una gran caja de galletas caseras, además de quesos y otras delicias. Aquel armario era un tesoro pero, de entre todas estas cosas, destacaban los bollos de leche, rechonchos y llenos de azúcar por encima, que olían que consolaban. En aquellos tiempos mi hermano estaba interno, y los miércoles se le mandaba un paquete para ir subsistiendo. No debía pasar mucha hambre, porque en el recreo del mismo miércoles vendía toda la hornada de bollos, que ya tenía comprometidos. Para desgracia mía, esa receta se ha perdido totalmente, y por más averiguaciones que he hecho no he podido acercarme a nada semejante.

 

 

 

 

 

Una de las veces que fui a mi pueblo alguien me preguntó si tenía la receta de la torta de melocotón y las magdalenas de mi madre que yo vendí en una fiesta benéfica (hace cincuenta años). Recordaba la receta de las magdalenas porque todos los ingredientes tenían que tener el mismo peso, pero no la de la torta. Pero al cabo del tiempo, descubrí que la "crostata di mermelata" italiana era idéntica a la que hacía mi madre, con lo cual otro eslabón había sido recuperado. Es riquísima y un día de estos la subiré.

 

  

 

Otra receta que pertenece de lleno al mundo de mi niñez eran los famosos "Huesos de San Expedito" que yo misma elaboré de niña durante años, y que un día olvidé. Su recuperación, en este caso, fue fácil porque en Madrid se hacen mucho y se venden en montones de pastelerías.

 

 

 

 

 

Y no puedo dejar de mencionar "las pastitas de nata", que hacía la madre de una íntima amiga mía de Betanzos, con la que perdí el contacto totalmente. En aquellos tiempos de colegio mayor, nos mandaban un paquete semanalmente; el mío era voluminoso y lleno de cosas estupendas pero envuelto de cualquier manera, sin embargo el de mi amiga era pequeño, pero muy coqueto, con las delicadas pastas perfectamente ordenadas y envueltas como si se tratase de una caja de regalo. Estos dulces no eran otros que las Pastas del Consejo, vendidas en el Riojano.  

 

 

 

 

  

 

Son lo primero que voy a preparar para este apartado (aquí están en la foto de abajo), y me siento como si hubiera recuperado mi primer año de colegio mayor, por la cantidad de cosas que están asociadas a ellas. Ahora me voy a poner a buscar a mi amiga, a la que recuerdo con gran cariño.

 

  

 

 

 

 

Al hilo de las recuperaciones, no puedo dejar de mencionar la adquisición de las flores secas que en mi casa se ponían en invierno: la luminaria, flor de nácar o moneda de obispo. Durante décadas, encontrar esta flor se convirtió en una obsesión para mí: ya no se vendían..., ni se cultivaban..., ni nada... Pero he aquí que un familiar, muy conocedor de plantas y harto de las murgas de las flores de mi casa, las buscó y las encontró, y hoy tengo dos hermosos ramos. (Por cierto, creo que se han puesto muy de moda). Ahora, el mismo familiar que me encontró esta flor, ha plantado las semillas de los "guisantes de olor", otra de mis anheladas y recordadas flores, que tampoco se encuentran por ninguna parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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