LA COCINA COMO TERAPIA
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Cocido madrileño: un día de mercado

 

 

 

Los miércoles era día de mercado y en casa se comía cocido. El pueblo se transformaba y bullía de gente llegada en viejos autobuses con destino "Ferias, Fiestas y Mercados".  El mercado, que a diario ocupaba la nave interior del edificio, ese día se desparramaba hacia el exterior en puestos donde las aldeanas y tratantes de ganado ofrecían los productos de sus huertas y caseríos, colocados con esmero para atraer la atención del comprador. Vendían patatas, grelos, judías verdes, lechugas, fruta, huevos caseros, pollos, conejos...  Los quesos del país se ponían en tenderetes improvisados, y en los meses de invierno se ataban con una rudimentaria banda de lienzo para que la cremosidad de los "quesos que se desparraman" no les hiciera perder su forma: una auténtica exquisitez de la gastronomía gallega que se acompaña de dulce de manzana, melocotón o carne de membrillo. Nadie se llevaba un queso sin probarlo y así, la vendedora ofrecía pequeñas catas con una navaja puntiaguda, uno tras otro, hasta que cada cual encontraba el punto de sal y cremosidad preferido.

 

 

 

Al reclamo del mercado acudían otras atracciones: mendigos, charlatanes, ciegos que cantaban sus coplas al ritmo de algún instrumento musical y vendedores ambulantes de lata, madera o barro donde yo adquiría el "peto" para guardar mis ahorros. Alguna vez hasta aparecía "la cabra Margarita", que a mi madre siempre le pareció una "zarapallada" y a mí una cosa nunca vista. Hoy día los mercados se llenan de bragas y plásticos hechos en China, pero en aquel tiempo el gran espectáculo del mundo convocaba a la feria a lugareños y visitantes para, con la excusa del comercio, librarles de la rutina diaria.

 

 

 

 

 

Un día llegó un vendedor ambulante que anunciaba a viva voz una pluma "parker recién importada de América", maravilla de estilográfica hasta antes impensable y que en aquella ocasión irrepetible se vendía regalada por sólo cinco duros. Una pluma tal hacía de uno un escritor sin faltas de ortografía y caligrafía de códice medieval, un prodigio al que sólo le faltaba escribir solo. La retórica del charlatán me persuadió de tal manera que corrí a casa, rompí el "peto" de barro, conté el dinero que atesoraba, con alivio comprobé que era suficiente, me apresuré al mercado antes de que fuera tarde y por fin adquirí el utensilio made in USA. Sentía que mi determinación acababa de dar el primer paso hacia la edad adulta. Estaba tan entusiasmada de mi estilográfica, que lo primero que hice fue enseñársela a mi hermano mayor, mi mejor confidente. Su inmediata reacción fue de cólera incontenida. Profirió todo tipo de insultos contra aquel engañabobos: que aquella pluma no valía nada, que cuánto me habrían robado por aquello, que yo parecía boba del todo... Sin pensarlo dos veces, me arrastró al mercado donde el hábil charlatán seguía voceando las bondades de sus plumas, y le champló: "Ud. es un sinvergüenza, cómo puede engañar a mi hermana vendiéndole esta pluma falsa,  no ve que es subnormal..." y seguía con lo mismo: "¿Es que no ve que es subnormal, como tiene usted entrañas?". El vendedor clavó su mirada en mí por un instante, un instante que me pareció un siglo. No sé qué vería, pero me arrebató la pluma que llevaba en la mano y de mala gana me devolvió los cinco duros. Recuperar el dinero del engaño, lejos de alegrarme, me dejó un tanto desconcertada. Durante semanas no pude mirarme al espejo sin buscar en él alguna terrible señal de subnormalidad que hasta entonces me hubiese pasado desapercibida.

 

 

El miércoles siguiente el mercado aún conservaba toda su sugerente fascinación, pero yo ya me anduve con más ojo. Después de todo, es posible que aquella compra fuera mi primer paso hacia la edad adulta. 

 

Casi se me olvidaba el cocido; así que en la página siguiente me pongo  a ello.

 

 

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