LA COCINA COMO TERAPIA
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Cocina para regalos

 

Hoy inauguramos un apartado un tanto especial, que hemos denominado "Cocina para regalos", para obsequiar a nuestros amigos con productos culinarios elaborados en casa, que pueden hacer originales y apetitosos regalos. A mí siempre me ha encantado regalar, creo que disfruto mucho más regalando que recibiendo regalos, y siempre tuve una particular predilección -cuando hablamos de regalos menores- por ofrecer cosas como mermeladas caseras, melocotones en almíbar, pimientos en conservas, tartas, nueces envueltas en chocolate, galletas y un largo etc. Pero cuando en estas últimas décadas la abundancia y la riqueza lo contaminaron todo, y había listas de regalos hasta para los cumpleaños, dejé de regalar estas cosas porque me parecían un tanto ridículas para el altísimo nivel económico de los regalos, y pensaba que tomarían mis regalos culinarios como propios de alguien muy kitsh. El punto de inflexión sucedió cuando se creyó que Michelle Obama llevó una aparente caja de galletas hechas por ella a la Casa Blanca para despedir a los Bush (luego se supo que no eran galletas) y, sin embargo, toda la prensa americana confirmó que eran su regalo favorito. Yo me alegré muchísimo de las galletas de Michelle, pensando que pronto se convertiría en un regalo "in", y que para quedar bien (cosa que siempre me ha importado muy poco) los regalos de Loewe o similares pasarían a la consideración de lo "out".

 

 

 

 

Se dice que elegir regalos es un arte como otro cualquiera. La verdad es que no es fácil encontrar cosas que sean del gusto de los demás, y no siempre  está relacionado con el dinero, sino más bien con el afán por acertar, o mejor con un don especial que poseen algunas personas. De las primeras veces que fui a Inglaterra costeada por mis padres, todo me parecía maravilloso quizá por la novedad, y porque en España todo era mucho más básico; me encantaban las porcelanas, los artículos de papelería, y las cosas de segunda mano de mercados como Portobello o Pettycoat Lane. Con el dinero que tenía apenas podía comprar más que papel para envolver (que dicho sea de paso, era el más bonito que había visto nunca), pero me resistía a no traer algún pequeña cosa que, por supuesto, no fuera un souvenir que no podía costear. Al final, traje un montón servilletas de papel para familiares y amigos, preciosas servilletas floreadas como si fueran artículos de Liberty o Laura Ashley. A los amigos les encantaron, los familiares protestaron como protestan siempre, pero todos coincidieron en que les daba pena usarlas, de lo que deduje  que debían ser francamente bonitas.

 

 

 

 

 

 

Tendemos a hacer regalos que nos gustan a nosotros, sin detenernos a pensar si serán del agrado de la persona en cuestión. Yo peco de esto, tengo que confesar que he regalado dos veces a la misma persona los sinfonías 2 y 5 de Sibelius, y con los libros me pasa algo parecido. Sin duda es uno de los grandes errores a la hora de obsequiar a alguien con un regalo: nuestros gustos los extrapolamos a los demás. Robert Frost, el gran poeta norteamericano, solía decir en cuanto a preferencias literarias, y lo mismo podríamos aplicarlo a casi todo, que lo que a ti te conmueve, no necesariamente le toca el corazón a otros.

 

  

 

 

 

Hoy en día es un lugar común oír que el intercambio de regalos ha cambiado mucho, o mejor degenerado, y de los modestos regalos que nos hacíamos los de mi generación, se ofrecen objetos ostentosos, bastante impersonales, en donde lo que menos importa es el regalo en sí sino el trueque de bienes de consumo. Un ejemplo claro son las listas de boda que, aunque entiendo su utilidad, no dejan de producirme cierta irritación ya que te obligan a comprar productos que ni siquiera puedes ver; casi prefiero la opción de lo que aquí se llama "el sobre", o un dinero que se les ingresa en una cuenta corriente. En el fondo, es el regalo más práctico para ambas partes: el que lo recibe puede gastarlo en lo que mejor le venga, y el que lo entrega no tiene que calentarse la cabeza. También es útil el ticket regalo. Yo diría que no hay ni un 20% de españoles que el día 26 de diciembre o el 7 de enero no cambian su regalo. Y la última novedad, para gente que no puede cambiarlos, es venderlos a través de internet. Todo un negocio muy rentable. Y para empeorar las cosas, otra alternativa es la cadena del regalo "horrendo", que va de mano en mano, hasta que vuelve de regreso al que lo largó primero. Me recuerda al pollo de Carpanta que siempre le retornaba. Y sin comentario para  los regalos envenenados con "soborno incluido".

 

 

 

 

En el fondo, el problema es que en estos últimos tiempos por la superabundancia económica, hemos eliminado el elemento sorpresa y la ilusión por cosas deseadas: todos tenemos de todo. Sin embargo, yo sigo pensando que hay regalos que forman parte de la memorabilia de cada vida y nos ayudan a conservar nuestro recuerdos. Por eso, yo no puedo ni quiero dejar de hacerlos, sobre todo, cuando siento un interés especial por personas determinadas. Yo, por ejemplo, tengo la costumbre de regalar en las bodas un belén de un artesano granadino, Jesús Jimenez Mariscal (por supuesto, me aseguro de que lo apreciarán). Este imaginero es un hombre que ama las piezas que confecciona hasta el punto que cada figurita, de estilo barroco y realista, tiene algún detalle propio que la hace única. Yo soy una compradora tan adicta que ya somos amigos, y aunque no soy propiamente una "belenista" me trata como tal.

 

 

 

 


 

Después de este recorrido bastante tópico sobre la industria del regalo, vuelvo al punto inicial: obsequiar con productos alimenticios puede ser una buena idea, al menos es algo que crea una cierta expectación. Yo, desde luego, agradezco mucho más un salchichón o un litro de buen aceite virgen,  a una cosa tan "fina" como una figurita de Lladró o un jarrón chino.

 


 

 

 

 

 

 

 

 
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