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Confitura de cereza: Mi fascinación por las cerezas y la historia de Dª Cristina

 

 

Otra de las confituras que anuncian el verano es la cereza aunque, por desgracia, es una fruta muy efímera. Yo siempre he tenido una fijación especial con la belleza de las cerezas, esa fruta con la que nos hacíamos preciosos collares y pendientes a lo Carmen Miranda; y aunque no he sido demasiada tragona, tengo que confesar mis grandes indigestiones de cerezas, y no por haber comido un platito ni dos, sino porque comiendo cerezas no tengo límite. Me gusta la cereza oscura y bien madura pero también esa que le llaman de "panza blanca", una mezcla de color rosáceo y blanco. En mi familia, se solía hacer dulce de cereza, espeso y denso, que se cortaba como si se tratase de membrillo y se guardaba hasta enero para comerlo con el queso gallego "que se desparrama": ¡que delicia de maridaje!; recuerdo además que con el sobrante de la pasta de cerezas se elaboraba la translúcida y bellísima gelatina, que adornaba el aparador donde se guardaban las conservas para todo el año, aquellas que nos estaban vedadas hasta el invierno, con la excusa de que tenían que "madurar".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero quizá, mi evocación más romántica es el anís de guindas, que en la Goleta era de primera. Yo lo elaboré recién llegada a Granada, hace más de cuarenta años y todavía conservo una reliquia en mi despensa; ha perdido el color carmesí; pero sigue estando riquísimo: fuerte, espeso y oscuro, y  sólo de olerlo ya te emborrachas; creo que después de tantos años, podría venderlo como un auténtico "vintage" (foto de abajo). El anís o aguardiente de guindas es muy fácil de hacer: aguardiente, azúcar, canela y lo mejor de todo: un clavel bien rojo para que tinte el anís de ese maravillosos licor. Es una pena que la tradición del clavel se haya perdido totalmente y, para mi asombro, ni siquiera en internet he encontrado una receta donde se mencione dicha tradición.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin embargo,  la fascinación por la cereza en mi vida pasó por un punto de inflexión, y el recuerdo frívolo y estético que mantenía de esa preciosa fruta se tornó triste y hasta doloroso a partir  de una historia dramática que de alguna manera estaba relacionada con las cerezas. En mi niñez las familias solían tener costurera, que por un precio módico venía  a casa y nos hacía la ropa; o hacía que nuestra ropa durase eternamente por el procedimiento de  "darle la vuelta", con lo que cuando pensabas que tu abrigo estaba totalmente destrozado, se reciclaba con el recochineo de la frasecita "ha quedado como nuevo".  En mi casa, siempre había costurera porque, según mi madre, era parte de una buena economía doméstica. Pero, para asombro de todo el mundo, nuestra costurera, Doña Cristina, una señora mayor, cariñosa y poco agraciada venía de Almería porque había sido la costurera de mis abuelos, y venía nada más y nada menos que de Almería.  Entonces y ahora, Almería estaba en la otra punta de España, pero Doña Cristina llegaba de aquel viaje interminable y se quedaba en mi casa varios meses;  se la acogía como si fuera la mismísima Coco Chanel, y se instalaba su taller en la galería del comedor, cerrada por una preciosa vidriera de colores que combinaban con las  fucsias, que era la única planta que se daba en mi casa;  aquel lugar de la casa era como una "recachita" cálida, protegida de todos los vientos del mundo,  desde donde la  costurera podía contemplar la mejor vista de la ría; sin embargo, mientras cosía y cosía, su mente parecía estar en otra parte, lo que no impedía que fuera parlanchina y estuviera siempre dispuesta a contar alguna historia con su característico gracejo andaluz; a mí, no obstante, me asombraba la capacidad que tenía de pasar de la risa al llanto sin ningún motivo aparente. Mi padre no pasaba un día sin acercarse a ver a su antigua costurera y sin hacerle alguna carantoña, que ella agradecía tratándolo siempre de tú.

 

 

 

 

 

Un día me dijo que me iba a bordar algo en un vestido azul que me estaba haciendo y me preguntó qué prefería, a lo que contesté sin pensarlo:  "unas cerezas muy rojas, con un tallo muy verde". No creo haber sido una niña especialmente caprichosa pero siempre tuve las ideas muy claras de lo que quería y no quería. ¡Ojalá las tuviera ahora! Y así fue: me hizo un vestido precioso con grandes bolsillos, lazo atado a la espalda y unos ramilletes de cerezas rojas y rabo verde en la parte delantera, que parecían talmente sacadas de un cuadro. Yo siempre adoré ese traje, del que no quería desprenderme, aunque cada año me quedaba más raquítico, pero como mi madre tenía recursos para todo, primero se agrandó con los generosos metidos que tenía; y finalmente se confeccionó otro vestido y se le cosieron las cerezas, y así fue como me duró año tras año con mis cerezas intactas. Por eso, cuando pienso en Doña Cristina el primer recuerdo que se me viene a la cabeza es mi agradecimiento por su querido y primoroso bordado.

 

 

 

 

 

 

 

Muchos años después, cuando mi hermano padecía una enfermedad incurable, una noche en el hospital nos quedamos hablando hasta el amanecer, recordando nuestra vida familiar, y en un momento le comenté: "en casa pasaban cosas que nunca llegué  a entender: por ejemplo, cómo doña Cristina venía desde Almería a coser". Mi hermano, con su ironía y sorna características, me dijo: "Parece que te has caido de un pino". Lo del viaje de doña Cristina era una tapadera.  Efectivamente, Doña Cristina era la costurera de los abuelos pero la razón para aquel extraño viaje se debía a las visitas que hacía a su marido, preso en la cárcel de Burgos desde el final de la guerra y claro, desde Galicia era mucho más fácil, además de que mi padre le pagaba los gastos. Ese hecho se mantenía en riguroso  secreto en mi casa, aunque mi hermano sospechaba que mucha genta debía saberlo, ¡a excepción mía! Sentí entonces la tremenda paradoja entre mi frivolidad por aquellas cerezas bordados y las lágrimas que habrían visto derramar. Ahora entiendo que aquella esposa, aun siendo de natural amable y optimista, ante el recuerdo de su marido preso, dejara entrever su terrible pena. Este episodio ha sido parte de mi "educación sentimental", y me ha hecho muy consciente del sufrimiento humano.

 

 

 

 

  

Bueno, después de estos nostálgicos recuerdos, os voy a ofrecer la receta de la confitura de cereza con secreto incluido, por si alguna vez os da depresión y queréis entreteneros con algo que como dice María Dolores Pradera  "no se estila", pero os aseguro que os dará una gran tranquilidad de ánimo. 

 

 

Ingredientes:

 

un kilo de fruta X 750 gr. de azúcar.

2 limones por cada kilo

los pitos de las cerezasa envueltos en un trozo de tela blanca porosa.

 

 

 

Elaboración:

 

1.Ya conocéis mi opinión de lo importante que es usara una fruta buena: madura y tersa a la vez. En la primera foto, las cerezas son del valle del Jerte, famosas en toda España, en la segunda son más locales, de la zona montañesa de Granada: La Alpujarra, y ambas son riquísimas.

 

 

 

 

 

 

 



2. Utilizamos el mismo procedimiento que para las otras confituras (a excepción de la mermelada de naranja y la de cebolla). Le quitáis el hueso y los apartáis; a continuación, le agregáis el azúcar, removiendo bien;  No olvidéis añadirle el zumo de un limón por cada kilo de fruta.

 

 

 

 

 



 

 

 

3. La dejáis la mezcla reposar durante unas horas hasta que está todo bien disuelto, o toda la noche. Ya la he puesto en la misma cacerola donde la voy a hacer y la tendré tendré toda la noche. Ala mañana siguiente estaré el azúcar disuelto.

 



 


 

4. Pasado ese tiempo, la ponéis en una cacerola y a hervir unos 40 minutos, pero antes envolver los pitos en un paño fino, bien atado y lo metéis con todo. Esto es el secreto de esta mermelada y lo que producirá la pectina y hará que la confitura salga espesa y densa.

 

 


 

 

 

 

 

5. Cuando va cociendo, se hace espuma, y en muchas recetas se aconseja espumarla, pero yo no lo hago porque se pierde mucha mermelada y otro procedimiento mejor es agregarle una nuez de mantequilla  (como veis en la foto) y la espuma desaparece totalmente. Después de apagar el fuego, lo dejáis reposar durante 10 minutos y la metéis en los tarros como para las otras mermeladas. A mi me gusta notar los trozos, tal como la veis en la foto de abajo:


 

 

 

 

 


6. La mermelada ya está para guardar así que como ya tenéis los botes preparados (ver confitura fresa),  los llenáis  y les ponéis unos  círculos de papel sulfurizado, (papel de horno, o de silicona). Si queréis guardarla durante meses o años, entonces debéis esterilizarla (ver confitura frambuesa).


 

 

 



7. Ahí tenéis el resultado final: una confitura de un sabor exquisito y con una textura perfecta, magnífica para tartas de queso, crostattas, filloas rellenas, y otra multitud de postres.

 

 

 

 

 

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