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Confitura de ciruelas

 

Desde el año pasado tengo preparada la confitura de ciruela, pero he tenido que subir tantas recetas de temporada que lo he ido posponiendo. Desde niña,  al igual que me ocurrió con las cerezas, mantuve siempre una gran cercanía con su ciclo vital, por razones que ahora os contaré; con las cerezas, mi atracción por esta fruta tenía una razón estética, siempre me pareció que la belleza de las cerezas era difícil de  emular por el ser humano. En mis primeros años de educación infantil (o cómo se llamase entonces), me cambiaron de un colegio de monjas para ir a clases particulares con una profesora que me enseñó a leer (porque yo con siete años no sabía leer); mi padre, que me conocía bien, lo atribuyó a que la enseñanza de aquel colegio no encajaba con mi estilo de aprendizaje, y así debió ser porque cuando empecé a dar clases con aquella recién licenciada en Filosofía y Letras, no necesité más de un mes para aprender a leer y, lo que era más meritorio, era capaz  a la vez de llorar con las emotivas historias de aquel entrañable libro llamado "Corazón". Aquella joven profesora, que volvió al pueblo por cuestiones personales, accedió después de muchos ruegos por parte de mis padres a prepararnos a una amiga íntima y a mí para el futuro examen de Ingreso de Bachillerato, que entonces era casi como una oposición de notaria. Era culta y muy vocacional e intentaba transmitirnos los conocimientos de una forma vivenciada y experimental, muy alejada de la enseñanza memorística de la época y se adelantó a lo que hoy llamaríamos "enseñanza comprensiva o significativa". Recuerdo que cuando nos explicaba los astros y los movimientos de rotación y traslación de la tierra, ponía la habitación a oscuras  y con la luz de una vela grande y otra más pequeña, que representaban el sol y la luna, nos iba mostrando las fases de la luna  y los movimientos del sol sobre una naranja que supuestamente era la tierra.

 

Pero quizá fue en cuestiones de biología donde su técnica pedagógica brillaba con luz propia. Aprendimos la botánica en su hermosa huerta y aquella palabrejas como la función clorófilica, la germinación de las plantas con la corola, los estambres y el pistilo... (conceptos que hasta entonces me sonaban a música celestial), ahora me parecían totalmente entendibles y lógicos, y propios de la creación de un dios inteligente. Solíamos dar las clases en una diminuta e incómoda habitación, pero si hacía buen tiempo nos íbamos a la huerta, por supuesto sin ninguna herramienta pedagógica más que las propias plantas y árboles; pero la fuerza de su palabra era tan potente que no necesitábamos nada más. Además, utilizamos otros espacios para el estudio individual, en donde ineludiblemente teníamos que memorizar el catecismo y los ríos de España, que requería aquel temido examen. A mí, me habían asignado el comedor de la casa, que estaba en la parte trasera justo dando al huerto;yo era una niña curiosa y en cuanto me mandaban al estudio,  me dedicaba a todo tipo de reflexiones sobre los objetos de aquella habitación: un precioso chinero lleno de antigüedades; un frutero alto de cristal con un plato de opalina azul ondulada, que a mí me parecía una joya, y algunos cuadros de guerreros árabes que aborrecía; pero a lo que más tiempo dedicaba  era a la contemplación de los cambios de los cultivos de la huerta, especialmente a los ciruelos del jardín, el llamado "japonés" de fruto temprano, amarillo y carnoso (en gallego, se llama "mirabel") y al verdoso y pequeño de las claudias. Me fascinaba ver cómo desde la caída otoñal de las hojas, se precipitaba el criminal invierno, que lo convertiría en un desnudo tronco helado y triste, con el que me identificaba por el frío de aquella habitación, la soledad y la pena de tener que recitar el catecismo. Al fin,  llegaba la primavera y se cubría de hojas verdes y brillantes, que predecían la floración de mayo, en donde finalmente el tupido tapiz de flores blancas ocultaban cualquier vestigio del aquel esquelético leño de enero. Pero, entonces, se despertaban en mí horrendos temores, de que los frecuentes vientos huracanados de mi pueblo arrasaran aquellas preciosas flores blancas y aromáticas, que darían lugar a la milagrosa fecundación. Sin embargo, el ciruelo siempre resistía y acababa dando el deseado fruto, al que hincábamos el diente cuando aún estaba verde, a pesar de lo avisadas que estábamos de que una ciruela verde era mortífera de necesidad, pero su atracción era tan fuerte como la que debió de sentir Eva ante el fruto prohibido.

 

 

Esta atracción por las ciruelas provenía, además, de las historias que nos contaba nuestra querida profesora, sobre el simbolismo que esta fruta tenía en los países orientales, en donde se consideraban la representación de la fortaleza y de la buena fortuna. Según Carlos Soteras la fragancia de la flor del ciruelo "proviene de la amargura y del frio", vicisitudes que yo bien conocía por la experiencia de  la gélida y ventosa primavera gallega, en donde sus árboles luchaban por conseguir la ansiada polinización de sus flores de cinco pétales que, de acuerdo con la leyenda china del susodicho autor, aluden a las cinco bendiciones de este fruto: longevidad, prosperidad, salud, virtud y buen vivir.

  

 

Estas historias crearon en mí una reverencia especial por las ciruelas, que se fue tornando en desilusión, cuando años después la fruta ansiada no tenía nada que ver con el  aroma y  el sabor de aquellas ciruelas japonesas o claudias. Pero la vida tiene que seguir... y al final me contenté con lo había y me decidí a hacer la receta de mi madre de la mermelada de ciruela. Uno de los escollos de esta confitura es la dificultad  para conseguir un textura espesa, ya que esta fruta tiene poca pectina y tiende a salir bastante líquida; problema que mi madre solucionaba con el zumo de un limón, y  los huesos de las ciruelas o  las mondas de manzana que extraía mediante un colador. En mi casa, se prefería el dulce de ciruela a la mermelada, dulce que se cortaba como el membrillo y se acompañaba de ese queso gallego que se "desparrama", típico de los meses de enero-febrero, lo que hacía un postre delicioso para tomar en aquellas noches de invierno mientras se le "echaba una firmita" a las últimas ascuas del brasero. El truco de mi madre para conseguir una textura tan compacta era lo que os acabo de mencionar, porque tanto los huesos como las mondas de manzana son importantes fuentes de pectina. Este dulce era  uno de los trofeos culinarios de mi madre, y su secreto se lo desvelaba sólo a las personas que consideraba verdaderas amigas.

Esta confitura es una de las mejores que conozco y cuando en puro invierno de entonces nos tomábamos  una tostada generosamente untada con el fragante y delicioso sabor de la ciruela estival, siempre me retrotraía a aquellas días del "cálido y largo" verano de entonces.

 

 

 

 

Ingredientes:

 

Voy a ofreceros la receta para sólo un kilo de ciruelas que podéis multiplicar por la medida que queráis:

 

 

1 k. de ciruelas claudias, o lo más parecido

700 g. de azúcar

el zumo de un limón

las mondas, cortadas gordas de 4 o 5 manzanas pequeñas, cuando más rústicas mejor para conseguir una confitura más espesa


Elaboración:

 

1. La primera premisa para elaborar cualquier buena mermelada es comprar una fruta sabrosa, ni verde ni pasada. A continuación, se pasan por el grifo con abundante agua, se les quitan los rabos y los huesos, se escurren y se secan bien con un papel de cocina, e inmediatamente las cortáis en cuatro mitades (yo no las pelo si son de piel fina); les añadís el azúcar y lo removéis todo bien, para  dejarlas macerar durante al menos 6 horas o toda la noche.

 


 

2. Pasado este tiempo, las ponéis a cocer, siempre teniendo la precaución de comprobar que el azúcar está bien disuelto. No olvidéis añadir el zumo de limón:

  

 

 3. Las tenéis hirviendo bajito durante unos 35 minutos, y si queréis que os salga  fina les pasáis el brazo de la minipimer:

 

 

 

4. A continuación, les agregáis las mondas de las manzanas o los huesos de las ciruelas que podéis meter en una bolsita de rejilla y lo volvéis  a cocer otros 15 minutos:

 

 

 

5. Pasado ese tiempo, cogéis las mondas y las ponéis en un colador fino o un chino, y apretándolas con una cuchara procuráis extraer toda la carne:

 

 

 

6. Lo que hemos obtenido de pasar las manzanas por el colador, estrujando bien con una cuchara,  lo agregáis a la confitura y volvéis a hervir durante 5 o 7 minutos:

 

 

 

 

7. Miráis si está en su punto echando una cucharada de mermelada en un plato frío y si, cuando enfríe, no se desliza por el plato ya estará preparada para envasarla:




 

8. Cuando ya esté, la dejáis reposar en la cacerola durante 20 minutos sin moverla en absoluto. Esto es muy importante para que la fruta se reparta por igual. Aquí la tenéis recién hecha: maravillosamente sabrosa, con una aroma que perfuma la habitación y ese color rojo amarillo verdoso de la carne de las claudias.

 

 

 


9. Sin embargo, una vez que las dejáis madurar por algún tiempo, la confitura se madurará, y conseguirá esta compacta textura. A mí me gusta que a las mermeladas se les note la fruta; así en la de abajo, se aprecían los trocitos de las claudias:

 

 

 

 

 

9. Mientras se enfría, preparáis los botes. Primero los laváis con agua jabonosa y los secáis con papel cocina, y luego van a horno de 150º durante unos 10 minutos:


 



10. Pasado ese tiempo, podéis empezar a llenar los botes con un cacillo. Os muestro imágenes de la mermelada de fresa, porque el procedimiento es idéntico:


 


 

11. Es aconsejable ponerles encima unos círculos de papel de cocina para tapar las bocas de los tarros:

 

 

 

 

 

12. Los cierras bien con las tapas y, sin más, se conservarán durante varios años. Me gusta envolver las tapas con un papel o una tela de cuadritos por pura estética. Finalmente los coloco en la despensa, o en cualquier armario que no tenga humedad.

 

 


 Y cuando llegan las oscuras y melancólicas tardes de invierno, es una buena idea preparar una tostada de un buen pan untada con esta confitura,  sobre todo para las personas que sufren duros y largos inviernos, y tendréis la sensación del sabor del verano, además de sentir el dicho de: "Home, Sweet Home".


 

 

 

 

BON APPÉTIT AND GOOD LUCK !!!!!!!!!!

 


 

 

 

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