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Confitura de higos: la historia de la mujer del canino esperpéntico

 

 

Los higos, la fruta de los filósofos, contienen infinidad de propiedades para la salud, entre las que siempre se cita que es un magnífico reconstituyente; además de ser considerado el árbol mediterráneo por excelencia es también muy simbólico de nuestra cultura cristiana.  A mí me encantan los higos, me parece una fruta preciosa, perfecta en su forma y colorido, y con un gusto delicioso. La verdad es que prefiero las verduras y las frutas a las flores (debe ser porque soy Capricornio). Me apasiona recorrer los mercados para escoger las mejores frutas y verduras; y me interesa también conocer su procedencia y las peculiaridades de las distintas variedades: nada tiene que ver un fresón de Huelva con una fresa del río Ulla o del Tambre. 

 

 

Los higos me traen un primer recuerdo de aquellas tardes del final del verano cuando ya no íbamos a la playa y nuestras madres buscaban cualquier pretexto para librarse de nosotros. Una visita obligada era ir a comer los higos de Rosiña, que vivía muy cerca del pueblo y tenía una casita muy pequeña y una higuera muy grande, en una aldea diminutiva como ella. Rosiña estaba orgullosísima de su higuera que estaba cargada de bellísimos higos, posiblemente de lo único de que podía presumir ya que la madre naturaleza no le había dotado de grandes propiedades ni encantos personales; por eso, la llegada de los niños a su casa, lejos de molestarle, la hacía feliz y era una buena ocasión para contar los últimos pormenores que le habían acontecido a su perra y a su frondosa higuera, que eran los seres vivientes que le hacían compañía. Sé que los recuerdos siempre lo idealizan todos, pero yo nunca he comido unos higos como los suyos. No sé por qué, conforme me hago mayor recuerdo con especial interés la vida, aparentemente anodina, de personas como Rosiña, y cuando pregunto por ellas, siempre recibo la misma contestación un tanto indiferente: "!Mira de quien te acuerdas ahora, hace mil años que murió!". Después de todo, ¿qué interés tuvo para nadie la vida de esta mujer? 

 

Actualmente, nunca compro los higos en fruterías sino a las paisanas que se ponen en los mercados y venden los higos de sus árboles (o eso dicen) sin pasar por ningún tipo de cámara. Este año, he hecho mermelada de tres higueras diferentes: la primera de un pueblo granadino, Cogollos Vega, que da un buen higo, grande y dulce, quizá por estar ubicado en un sitio frío y de altura.


 

 



Los segundos los encontré en un pequeño puesto que vende fruta y verdura de la vega granadina y de la Alpujarra, esa preciosa zona agreste y frondosa de la sierra granadina, que también nos regala con higos hermosos y sin apenas semillas.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

Y por último, los higos de la última foto, los peores en apariencia pero, sin duda, los más exquisitos. Proceden de una aldeana gallega que vende los frutos de su pequeña huerto en la parte exterior del mercado de Santiago, apoyada en el muro de una iglesia; ya sólo viene los sábados porque cada vez tiene menos gallinas; es decir, huevos que vender. La mercancía la coloca en el suelo encima de un trapo viejo pero reluciente de limpio y allí expone primorosamente los huevos, algunas verduras (judías, lechugas, cebollas, grelos...), fruta recién cogida y unas cuantas flores según temporada (mimosas, camelias, rosas y hasta guisantes de olor, esa "rara avis" imposible de encontrar ni en la mejor de las floristerías), y que luego aromatizarán mi casa con el perfume de la flor natural.  Yo tengo la costumbre de acudir a este puesto antes que a ninguno, por la fascinación que me produce esa "mujericu". Es como un personaje sacada de un esperpento de Valle Inglán: alta, desgarbada y enjuta, envejecida (quizá de edad indeterminada, que puede ir de los 70  a los 90 años), con la cara alargada, arrugada, o mejor cuarteada, y "renegrida";  de considerable nariz, mandíbula hundida por la falta de dientes, vestida de negro con un mandil grisáceo, lo que indica que ya hace años que enviudó, un pañuelo negro a la manera en que se lo ponen las gallegas, y encima un sombrero de paja para guarnecerse del sol, no precisamente de la playa, sino del trabajo duro que ha realizado toda su vida en su tierriña, mientras su marido jugaba la partida en la cantina del pueblo.

 

  

 

 

 

Pero lo más sobresaliente de ella, es que cuando dice "as xudias estanlle moi fresquiñas, desta mañá", su único diente, un canino superior monstruoso asoma y entonces su fealdad se acentúa, si cabe más. El retrato mediocre que he descrito de esta espantosa mujer, cuya auténtico espíritu sólo un buen pintor expresionista podría retratar, me atrae como los seres espectrales de la páramos de Haworth  atraían  a las Bronte; quizá porque, a diferencia de otras vendedoras, chillonas y vociferantes, percibo que de esta mujer emana una extraña realidad, la realidad de los seres de otro mundo; a mí me encanta regatear, costumbre gallega incuestionable, pero jamás me atrevería a ofrecerle otro precio que no fuese el que ella solicitase. Alguna vez he intentado parrafear con ella y enterarme de algo de su vida y, en una ocasión, me habló de sus dos hijos y me contó sin apenas inmutarse: "Un dos meus fillos marchou a America hai tempo, e o outro pra o outro mundo non hai nin un ano". Al final y al cabo, ¿qué diferencia hay entre América y el otro mundo, si la consecuencia es la misma para ella: la ausencia de sus hijos? 

 

 

 

Ingredientes:

 

 

 

 

 

 

 

Esta confitura no se diferencia para nada de las otras, por tanto me limitaré a resumirla y me referiré a otras mermeladas explicadas de forma más detallada:


un kilo y medio de higos maduros

un kilo de azúcar

dos limones


 

Elaboración:


1. Quitamos el rabo de los higos y los partimos en varios trozos, y le añadimos el azúcar (siempre en la proporción (4X3), que debe estar bien disuelta cuando vaya al fuego.

 

 

 

 

 

 

 

 2. Le añadimos dos limones y lo dejamos macerar toda la noche:

 

 

 

 

 

 

3.  Al día siguiente lo cocemos un poco más que las otras mermeladas porque la piel del higo es más dura; así que necesitamos como una hora de cocción; al principio,  a fuego fuerte durante 5 minutos y luego más suaae pero sin parar de herbir.

 

 

 

 4.  A mi me gusta que se noten los trozos del higo como podéis ver en la foto. Si tiene muchas semillas lo espumáis con un colador, pero eso no importa demasiado porque es lo propio de esta mermelada.

 

 

 

 

 

 

5.  Podéis pasarle el brazo de la minipimer si veis que tarda mucho en cocerse:

 

 


 

6.   Ahora ya podéis meterla en los botes que deben estar preparados, como anteriormente os he explicado en este enlace.

 

 

 

 


7. La mermelada de higos es otra belleza de color y textura. Yo la uso para tostadas, crostatas y sobre todo sandwiches de jamón serrano muy picado mezclado con la mermelada y: ¡Oh placer de dioses!

 

 

 

 

 

 

 

 

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