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Conxuros de navidad: un almendrado hispano-mozárabe

 

Esta receta es un híbrido entre las "tortas de Ardales" y los "conxuros de peregrino" de Santiago. La primera la encontré en Mi Cocina, y la receta de la segunda es el resultado de herencia culinaria de una muchacha que permaneció en mi casa lo justo para dejarnos esta receta. La diferencia entre ambas es que aunque el sabor es casi idéntico y de hecho sigo casi al pie de la letra la receta ce las tortas de Ardales, la textura de los conxuros no es tan fina, ya que la almendra y el azúcar no se trituran para conseguir una pasta finísima; y, por tanto, las pastas son más toscas y recuerdan más a los típicos "conxuros del peregrino" de Santiago de Compostela. La receta es facilísima y el resultado magnífico. Yo le ha llamado "conxuros de la Navidad" porque  están perfumadas con canela y tienen además presentación muy navideña.

 

 

 

A lo largo de esta web, veréis al menos tres pastas de almendra: los Ricciarelli de Siena, los almendrados de Alláriz y éstas. Las más perfumadas y finas son sin duda las pastas sienesas, las segundas son las típicas pastas de almendra que se hacen en toda España, particularmente en los conventos de las monjas clarisas que son sus inventoras y las cistercienses que se extendieron por el camino de Santiago y las últimas son lo que yo llamo "conxuros" que son más toscas porque la almendra está cortada de forma más gruesa y el ingrediente de la canela nos hace pensar en un origen más árabe o mozárabe y sin duda esta receta provenía de peregrinos que habían venido a hacer el Camino (recordemos que el origen de la tarta de Santiago es árabe y traído por alguien al Camino).

 

 

  

Yo recuerdo de niña las pastas que se vendían en el convento de clarisas de mi pueblo que eran las típicas de almendra y clara, que también se elaboran maravillosamente en los conventos del Cister gallego. Las de mi pueblo tenían la particularidad de que se hacían de cinco o seis o formas diferentes (un sol, una media luna, una estrella, una cara, y no me acuerdo de más) e iban decoradas con una glasa fuerte que se ponía completamente dura para pintarlas con motivos que acentuaban su significado. A propósito de las pastas de almendra, se me viene  a la cabeza  que en un cambio de muchachas (la anterior se casaba o se metía monja), se contrató  a una señora mayor de un pueblo vecino, que había estado muchos años en la casa de un médico y a su muerte la señora decidió prescindir de ella por razones que enseguida entenderemos. La interfecta estaba a costumbrada a una casa sin hijos y con una señora poco exigente, y mi madre, en lugar de una mujer dispuesta y experimentada, se encontró con una trabajadora lenta y "araña" (se decía de las chicas que sacaban poco trabajo adelante), y  empezó a desesperarse, pues la había contratado por un precio desorbitado para la época, porque venía precedida del halo de que ella era la que llevaba aquella  "casa grande" donde había estado tantos años. Loo más curioso es que se pasaba la vida en el comedor, habitación sólo utilizada en el verano y en las fiestas, y mi madre empezó a escamarse y preguntarse que hacía en aquella fría habitación, que daba directamente a la ría. Las indagaciones de mi madre dieron resultado y se enteró de que era una mujer honrada pero estaba trastornada por la muerte de su señor del que toda la vida había estado (o estaba) profundamente enamorada. Conocedora de esto, mi madre entró en el comedor y se asomó al balcón y, con sus acostumbradas y rápidas inferencias, llegó a la conclusión de que lo que hacía era contemplar el cementerio, que desde aquella ventana tan bien se veía justo en la orilla de enfrente de la ría. Como gallega y acostumbrada a cosas mucho más fantasmales, no se sorprendió en absoluto y lo encontró hasta natural, pero cuando descubrió  los artilugios de brujería que guardaba debajo de la cama, la puso de patitas en la calle de momento, no fuera que estuviera tramando algo contra nosotros.

 

 

 


A mí, aquella mujer me caía particularmente bien y sentí mucho su marcha porque era muy entretenida y contaba montones de historia, pero antes de marcharse me enseñó a hacer el roscón de almendra y los almendrados de las monjas clarisas cuya receta guardaban celosamente, y tuve para mí que lo había conseguido por arte de brujería. Recuerdo que un día me dijo que iba a hacerlas para las fiestas de su pueblo y si quería podía hacer también para nosotros; mi madre enseguida accedió y compró los ingredientes para ambas. Pelamos la almendra, la tostamos, las pasamos por la maquinita de triturarla, todo eso a lo largo de tres o cuatro días porque se cansaba enseguida; pero una vez horneado, decidió que, para no equivocarnos,  teníamos que dibujar el diseño de la decoración del roscón con la glasa blanca. La glasa era todo un numerito porque había que batir el azúcar con la clara hasta que se endurecía y esto duraba siglos. El diseño más de lo mismo, hicimos un montón de bocetos, que ninguna le parecía bastante bonito; lo hacíamos después de cenar y yo me acostaba a las tantas, con lo cual intervino mi madre y dijo que iba sin diseño, pero aquello no lo admitió porque estaba en juego su prestigio profesional; al final, a prisa y corriendo, eligió uno. Al día siguiente era el gran día de la fiesta de su pueblo y la noche anterior estuvimos hasta las tantas. El suyo era una maravilla y el mío estaba menos perfecto pero, así y todo, quedé encantada de mi obra. La envoltura en la caja donde se lo iba a llevar, fue otra historia, y mi madre juró y perjuró que en su casa no se haría ni un mal roscón más. Tengo que confesar que no estaba bueno sino lo siguiente y yo estaba deseosa de que nos enseñase más recetas de aquel calibre pero descubrimos que, aparte de la comida de todos los días, sólo sabía hacer aquel roscón y los almendrados que quedaban de los recortes de la masa. Así que mi gozo en un pozo, y así terminó la historia de aquella señora que ahora tendría que ir al cementerio para ver a su amado, porque desde pocas se divisaba aquel camposanto. (Fotografía propia del "Roscón del monasterio cisterciense de Ferreira de Pantón"). 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 Ingredientes:

 

 

 

 

-150 gr. de almendra molida gorda, triturada en casa; o simplemente la harina de almendra

-100 gr. de azúcar

-un huevo entero y una yema

-una cucharada de canela

-agregar la mitad de la ralladura de un limón 

 

 

Elaboración:

 

1. Mezclas en un bol las almendras molidas y el azúcar. Si no tienes máquina de moler, las puedes rallar en alguna moulinex o thermomix o de la harina de almendras sin más:


 

 

 

 

2. Agregas la ralladura de limón, la canela, el huevo entero y la yema y lo amalgamas todo:

  

 

 

 

 

 


3. Haces bolitas y las aplastas como pastas, mezclas el azúcar con un poquitín de canela y las espolvorea,  colocándolas en papel de hornear. Lo pones  a un horno de 180º y no debe estar más de 10 minutos:


 

 

 


4. Y este es el resultado de horneado y deberás dejar enfriar porque al salir del horno están blandas:

 



4. Ya las podemos servir y decorarán cualquier mesa, y al lado del niño Jesús estarán entrañables, y encima la casa está ricamente aromatizada:

 

 

 

 

 

 BON APPÉTIT AND GOOD LUCK!!!!!!!!

 

 


 

 

 

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