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Galletas de jengibre. el recuerdo de la emigración 

 

En primer lugar, quiero agradecer a María Teresa López Lens estas maravillosas "galletas de jengibre", una receta magistral para uno de los clásico de la repostería inglesa. Estas galletas suelen aparecer en dos variedades: las que contienen huevo y su aspecto es de una pasta lisa y un poco brillante, herederas del famoso "gingerbread" ("pan de jengibre") navideño, con cuya pasta se esculpen los famosos personajes humanoides, paticortos y sin dedos de la familia del "hombre de jengibre",  que datan del s. XV,  y que más tarde darían lugar a estas galletas que la reina Isabel I regalaba a sus súbditos. Se pueden decorar de mil maneras, pero todas conservan los botones de la camisa, hechos de glaseado, pasas o gominolas.

 

 

 

A cuenta de estas galletas, se escribe en 1875 un cuento infantil navideño, cuya historia trata de un parlanchín y desvergonzado hombrecito de pan de jengibre que se escapa del horno, y corre una serie de aventuras, de las que siempre sale airoso, al mismo tiempo que se mofa de sus ancianos creadores: 

"I've run away from a little old woman, 

A little old man, 

And I can run away from you, I can!".

Finalmente, es devorado por un zorro sin, por ello, dejar de narrar su propio final: "I'm quarter gone...I'm half gone...I'm three-quarters gone...I'm all gone!

Contando esta historia tan popular en la literatura infantil inglesa, la versión anglosajona de Pinocho, casi se me olvidaba que también se hornea otra variedad de estas galletas que se hace sin huevo, con un aspecto más tosco, rugoso y cuarteado. Personalmente, me gustan ambas pero las primeras tienen más que ver con mis recuerdos de uno de los emblemas culinarios del Reino Unido, equiparables por su popular¡dad a las galletas Maria españolas.

 

 


Para mí, estas galletas van siempre asociadas a uno de esos periodos de la vida, en que uno cambia de vida a causa de un acontecimiento vital, en mi caso mi trabajo como lectora en una grammar school inglesa (instituto de segunad enseñanza). ¡Cuántos recuerdos me traen estas galletas, que siempre asocio con aquella estancia en la Inglaterra de los años 60! Sí,  allí estaba yo, una niña de pueblo, con menos de 20 años, sin familia, en la niebla y bajo la lluvia (quizá la lluvia era lo único familiar), viajando en el "pavoroso" y cosmopolita metro de Londres a mi primer destino, intentando convivir con una pluralidad étnica, religiosa y de lenguas que me sobrecogía. Pero, sin duda, lo más temible de todo era afrontar cada mañana aquella sala de "profesores-collegas", que comían sin parar galletas de jengibre!; galletas que yo jamás había probado, de aspecto poco apetitoso y que, como la mayoría de los tipismos de la comida inglesa resultan desagradables y extraños al principio, y progresivamente —quizá por la necesidad de adaptación- se tornan deliciosos e intensos.

 

  

Ese era mi nuevo mundo, tan alejado de la España de entonces, y en donde mis compañeros devoraban galletas de jengibre y bebían tazas de té compulsivamente, con la excusa de que la comida de la cantina era incomible; las galletas se cogían de una caja y se pagaban con monedas que se metían en una vieja hucha victoriana. Yo no acababa de entender (o mejor, calcular) cuánto valía cada galleta, porque las cogían a puñados, y pagaban con monedas diferentes. Un día me armé de valor y, sin por entonces tener conocimiento de la importancia de la cortesía británica, pregunté: "Excuse, how much are the biscuits?// Respuesta: "Halfpenny apiece". Aquello me sonó a chino: mi oído y mi mente no estaban todavía preparados para descifrar que en la palabra "halfpenny", que yo había visto antes en su forma escrita, la letra "l" y la "f" eran mudas, y la pronunciación se transforma en un inesperado: "heɪpni", lo cual distorsionaba totalmente mi idea fónica de aquella palabra, ¡una de las tantas experiencias desafortunadas con el inglés hablado! Sí, verdaramente, las galletas de jengibre fueron mi paso iniciático hacia una nueva cultura, e incluso hacia una nueva vida. ¡Dios mío, cuántas vidas se viven en una vida!

 

 

Ingredientes:

 

 

 

 

220 g. de harina

110 g. de mantequilla

1 cucharadita de levadura en polvo

3 clavos de olor molidos, o 2 cucharaditas de clavo (yo le echo sólo 1 cucharadita de clavo rasa)

2 cucharaditas rasas de jengibre molido

140 g. de azúcar moreno

1 huevo

una pizca de sal 

 

Elaboración: 

 

1. Se tamiza la harina con la levadura; a continuación, se bate la mantequilla a temperatura ambiente con el azúcar y el huevo:

 

 

 

 

2. Ahora se le incorpora la harina con las especias  y la sal,  mezclándolo bien  todo, sin necesidad de amasar:

 

 

 

 

3. Se hace una masa que queda un poco blanda y que, envuelta en papel film, debéis meter en la nevera durante dos horas:

 

 

 

 

 

  

4. Precalentas el horno a 180º, estiras la masa con el rodillo sobre papel de horno, añadiendo más harina si fuera necesario, y cortas masa con la forma preferida, y a hornear unos diez minutos o hasta que empiecen a dorarse:

 

 

 

 

5. Las podéis hacer de cualquier forma (cuadradas, estrellada, ovaladas, etc), pero yo quería mantener mi recuerdo intacto, así que opté por las tradicionales redondas:

 

 

 

 

6. Al sacarlas estarán un poco blandas, pero endurecen al enfriarse; (no dejar más tiempo pues se pondrán muy duras):

 

 

 

  

7. Y aquí las tenéis: galletas antiguas con un verdadero sabor y olor hogareño, olor que inunda la casa con una maravillosa  una mezcla de jengibre, canela y clavo:

 

 

 

"A nice cup of tea" es imprescidible, y hablar del tiempo también. Animaros a hacerlas, están riquísimas y son verdaderamente fáciles; ¡se me olvidaba! ganan con el tiempo y cada día están más sobrosas.!

 

 

 

Otra vez más, "a thousand thanks" a María Teresa López Lens por proporcionarme esta maravillosa receta. 

 

 

 

 

 

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