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Galletas integrales digestive:  un tributo a las hermanas Brontë

 

Hace tiempo que tengo ganas de contar por qué me hago llamar Ann Bronte (sin diéresis), y me parece que he encontrado la ocasión de matar dos, quizá tres, pájaros de un tiro: explicar el origen de mi seudónimo, mencionar el lugar donde conocí la existencia de las “galletas integrales” y, al hilo de esto último, rendirles un pequeño tributo a mis admiradas Charlotte, Emily y Ann Brönte, que sin duda, han tenido que ver con el seudónimo que utilizo en esta página. Quiero empezar por puntualizar que el nombre de Ann no lo escogí libremente sino que me vino dado, ya que era el único que estaba disponible en la web. Pero hoy me siento orgullosa de que el azar me haya obligado a hacerme llamar Ann Bronte, por razones que mencionaré más adelante.

 

 

 

Recientemente hice las galletas integrales “digestive”, cuya receta proviene del gran cocinero inglés Gary Rhodes. Estas galletas tienen la bondad de muchos productos integrales, que, además de sanos, tienen un gusto especial que recuerda las gachas de avena inglesas de antaño ("porridge"); para mí el aroma que desprenden recién salidas del horno evoca, como pocas cosas, el olor entrañable del lar. Hoy he decidido subirlas a la web, porque creo que es una estupenda receta, que seguro os gustará, por su simplicidad y estupendos resultados; la verdad es que me ha encantado volver a tomarlas; y me han trasladado a mi juventud y al sitio donde las probé por primera vez: Haworth, la remota aldea, donde vivieron las hermanas Brönte. Tengo que confesar que en aquella ocasión, estas galletas no me volvieron loca: su apariencia me pareció vasta y oscura, con un sabor extraño, y su textura me pareció rugosa (para nada comparable con las galletas de nata de mi casa); pero así y todo, en lugar de comprar un dedal conmemorativo de las Brontë, opté por llevarme una caja grande, que se anunciaba como “The Brontë Biscuits”, y llevaba estampado el famoso retrato de las escritoras. Cuando volví a España, y para sorpresa mía, a toda mi familia les encantaron, quizá porque lo integral era entonces muy poco usual. He vuelto a Haworth al menos cuatro veces, no sé si en busca de las galletas o en busca del pasado de mis admiradas escritoras y, por supuesto, he comprado siempre mi caja de galletas.

 

 

 

 

Ya sabéis lo que me gusta recordar esos momentos asociados con el descubrimiento de algún producto culinario o las circunstancias que lo rodean. Hace ya tantos años de aquella compra que, cuando me puse a escribir este breve comentario, decidí localizar aquellas galletas; pero, para mi desconcierto, todas mis búsquedas fueron infructuosas; mi conclusión fue que lo que no estaba en Internet es que no existía; pero, a punto de rendirme, me encontré con el comentario de una periodista inglesa, Jeanette Winterson, que aludía a la existencia de aquellas galletas:

   

I am always a little bit surprised to be eating Bronte biscuits on the train to Leeds; Shakespeare Sponge Fingers have not yet materialised in the shops of Stratford, but perhaps it is only a matter of time, and ‘materialise’ is the right word. October 11th, 2006.

  

Efectivamente, las galletas que yo recordaba, se habían dejado de fabricar, pero sí encontré una antigua caja de lata de aquella época; luego averigué que ahora se comercializaban en paquetes individuales, quizá porque con la crisis eran más asequibles al bolsillo del turista.

 

 

 

 

Cuando recuerdo la aldea de Haworth no puedo dejar de recordar a mis admiradas Brontë; y desde aquí quisiera rendirles un pequeño homenaje. Desde que cayó en mis manos “Jane Eyre”, he reverenciado las novelas de Charlotte, Emily y Ann Brontë. Siempre he pensado que los libros cambian o, por lo menos,  ayudan  a modelar las vidas de las personas. Esto me ocurrió  a mí cuando leí “Jane Eyre”. Yo estaba por entonces en Inglaterra en un internado, y como siempre fui una malísima deportista, solía refugiarme en la biblioteca, en donde un día me topé con un libro más bien fino, con tapas duras, portada a rayas malvas y blancas y de lectura simplificada, cuyo título era “Jane Eyre”; no me era totalmente desconocido porque había visto a mi tía favorita enfrascada en su lectura. Aquel libro fue mi perdición porque desde el momento en que lo abrí, ya no lo solté hasta que llegó el temido final, que me dejó con la miel en los labios, y no pude por menos que buscar la versión original. Si mi dominio del inglés era suficiente para una lectura adaptada para adolescentes, el original ya era harina de otro costal; su léxico no estaba limitado a 5.000 palabras sino que se presentaba ante mí la lengua inglesa en toda su vasta extensión; lo cual no fue óbice para, con la ayuda inestimable de un diccionario (de la que soy ferviente defensora), no perderme ni una sola palabra de la historia de aquella muchacha, tímida, inteligente y apasionada que, después de mil adversidades, era contratada como institutriz en la mansión del poderoso y brusco (!y por qué no, glamuroso!) Sr. Rochester. En aquella mansión parecía esconderse un misterioso secreto, que se manifiestaba con gritos y risas extrañas durante la noche… Bueno, no sigo… porque esta novela es de lectura obligada, si os gusta leer.

 

 

 

 

 

A veces me pregunto por qué aquel libro fue casi un antes y un después en mis lecturas; quizá por el impacto que, por primera vez, era una mujer la protagonista principal de anhelos, reflexiones y frustraciones atribuibles sólo a personajes masculinos. Cuando en la primera línea del último capítulo, Jane dice: "Reader, I married him" ("Lector, me casé con él") (Perdón por destripar el final, pero es inevitable hablar de este pasaje) se está sin duda produciendo el primer punto de inflexión sobre el rol de la mujer en la literatura universal, y quizá uno de los hitos del feminismo, del que posiblemente ni Charlotte Brontë era plenamente consciente; pensemos que el comienzo del movimiento feminista de las Pankhursts tuvo lugar veinte años más tarde. (Siempre he pensado que no hay nada que ejemplifique la ideología en la transitividad de forma tan evidente como esta simple frase).

 

 

 

 

Es anecdótico pero revelador que, cuando uno de los grandes escritores de la novela inglesa del siglo XIX, William Thackery, conoció a Charlotte Brontë no podía creer que aquella "tiny, delicate, serious, little lady, with fair straight hair, and steady eyes" ("aquella jovencita diminuta, delicada, seria, de pelo liso y ojos penetrantes") era la autora de Jane Eyre, le impresionó casi más que el enorme asombro que le había causado la lectura de la novela.

  

 

 

 

Y después de Jane Eyre, vinieron todas sus otras novelas, y más tarde descubrí a Emily en “Cumbres Borrascosas”; y gracias a la maravillosa biografía de Mrs. Gaskel conocí la desgraciada vida familiar de las hermanas, y finalmente, no pude resistirme a leer la obra de Ann Bronte. Y en todas ellas, encontré el mismo denominador común: el valor de la libertad, la integridad moral y, por encima de todo, el espíritu de superación. 

 

 

  

Quizá para entender el genio extrordinario de estas mujeres no queda más remedio que decir unas palabras sobre Haworth, esa pequeña aldea del oeste del condado de Yorkshire, remota y alejada de cualquier centro urbano, en donde la inclemencia del tiempo y los vientos que confluyen en ella, junto con sus pésimas condiciones sanitarias, la hacían un lugar insalubre, muy propicio a la tuberculosis; este solitario lugar tenía sólo una calle principal, empinada y angosta, en donde se encontraban las tres tiendas que suministraban los artículos de primera necesidad: la farmacia-droguería y tienda para todo, la del té y pequeñas chucherías, y el pub, en cuyo exterior la temeraria y huraña Emily, en tantas noches invernales, esperaba pacientemente a su hermano Branwell, que salía tambaleándose por la bebida y el opio, para cariñosamente llevarlo a casa. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

En lo alto de la cuesta, estaba situada la vicaría (“The Parsonage”), aislada y rodeada de tumbas, quizá en la raíz de la enfermedad tísica que las cinco hermanas padecieron; casi al lado de la casa se erguía la iglesia de "San Martín y Todos los Santos", donde su padre predicaba a diario. La fotografía de abajo es un cuadro pintada por su amiga y biógrafa Mrs. Gaskell, y recoge una imagen de lo que fue el reducido ámbito de sus vidas.

 

 

 

Desde este triste enclave se divisaban los abiertos y áridos páramos, donde las niñas en sus andanzas y correrías se sentían libres y dejaban volar su portentosa imaginación; aquellos cambios del brezo representaban, de alguna manera, la metáfora de sus propias vidas: desde la estepa árida y seca, a una tupida alfombra violeta de flores salvajes, y al paisaje sobrenatural de escarcha y nieve. Fue este lugar de libertad lo que las llevó a traspasar el umbral de lo real para percibir visiones de lo fantástico que poblaron sus insólitas historias; y hoy pertenecen al mejor legado de la literatura inglesa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacer una síntesis de la importancia literaria de estas mujeres, es imposible; sólo se me ocurre unirme a la vasta crítica en torno a ellas, que destaca su portentoso talento literario para crear historias extraordinarias, difíciles de imaginar desde una experiencia vivencial tan confinada a un lugar como Haworth, alejado de todo y de todos, y que abandonarían en escasas ocasiones. Desde mi modesta lectura de sus obras, y si tuviera que definir en una sola línea la individualidad de cada una de ellas, diría que Charlotte es la que comunica con más fuerza las pasiones humanas “de un alma a otra alma”, como dijo el novelista Thackeray. Emily es la rebelde visionaria, en donde conviven lo natural y sobrenatural, y, finalmente Ann (sobre la que, durante mucho tiempo tuve una opinión bastante equivocada), retrata como nadie el sufrimiento humano, que combate con su eterna abnegación. Quizá por esto último, Ann ha sido la más alejada de mis ideas y sentimientos; hasta que, no mucho tiempo ha, releí “The Tenant of Wildfell Hall”, y he descubierto otra Ann; la Ann que escribe la primera novela feminista sobre la violencia de género; en donde la protagonista se atreve a dar un portazo en las narices de su marido, un depravado y alcohólico ricacho, del que huye con su hijo; en suma, la fuga de una posición social “respetable” hacia la pobreza y la nada, con lo cual no sólo está rompiendo una norma calvinista inquebrantable, sino que está cometiendo un delito que la puede conducir a prisión. Este novela no sólo me ha reconcialiado con Ann, sino que me la ha presentado como una adelantada; por eso, me siento muy orgullosa de llevar su nombre.

 

 

  

 

Supongo que os estaréis preguntando qué tiene que ver todo esto con mis humildes galletas integrales,  yo diría que todo y nada. Cuando saco del horno las galletas integrales, no puedo dejar de pensar en mis admiradas, a veces desconcertantes, y siempre geniales, hermanas Brontë, y ¡en el extraño milagro que la vida es para todos!

 

Ingredientes:

 

 

 

 

100 g. harina integral de espelta o integral normal

 

100 g. copos de avena

 

50 g. azúcar moreno (yo l hecho un poco más, unos 60 g porque soy muy"larpeira"

 

1 cucharadilla de levadura royal o media de bicarbonado de soda

 

una pizca de sal

 

100 g. mantequilla

 

2 cucharadas de leche

 

 

Elaboración:

 
 

1. Precalienta el horno a 180º.

2.Tritura los copos de avena, sin que quede una textura de polvo.

 

 

 

 

3. Mezcla todos los ingredientes secos y luego agrega la mantequilla para que quede una textura de migas o de arena.

 

 

 

 

4. Ahora agrego la leche  para crear una consistencia húmeda, y la puedes mezclar a mano, o en batidora.

 

 

  

 

 

5. Amasa con el rollo lo justo para formar una rectángulo que envuelves en papel y lo refrigeras  en la nevera durante 15 minutos para que la masa quede firme.

 

 

 

 

 

 

6. Cuando lo saques, será una masa bastante delicada por lo que es importante pasarle el rollo con cuidado, y hacer discos como de 6-7 cm.  con un grosor de 2 a 3 mm. (yo las hago un poco más gorditas).

  

 

7. Coloca los discos en una bandeja para hornear ligeramente, en una bandeja cubierta de papel de hornear y deja en el horno precalentado durante 15 minutos, hasta que estén doradas.

  

 

8. Retira del horno y deja reposar durante cinco minutos antes de transferir a una fuente.

 

 

 

Estas galletas estarán mejor si las guardado en un recipiente hermético. Puedes dejarlas casi una semana. ¡Sin embargo, una vez que las has hecho, sería muy raro que pasase tanto tiempo!

 

 

 

 

BON APPÉTIT AND GOOD LUCK!!!!!!!!!!

 

 

 



 

 

 

 

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