LA COCINA COMO TERAPIA
COCINATERAPIA
Portada
ÍNDICE DEL LIBRO DIG
Recetas alfabéticas
NAVIDAD RAPE ALANGOS
Inicio
NOVEDAD LIB DIGITAL
NOVEDADES IMPORTANTE
NAVIDAD 2012
NAVIDAD 2014
HALLOWEEN
Recetas para crisis
Ensaladas/verduras
Recetas populares
Recetas suntuosas
Sopa/gazpacho/cremas
Recetas básicas
Recetas vintage
Otras cocinas
Cocina francesa
Cocina italiana
Bollería y galletas
Helados
H. de marron glacé
H. mantecado
Helado de yogurt
Helado de c. tostada
Helado de cereza
Instrucciones helado
Helado Los Italianos
Helado de fresa
Helado stracciatella
Helado de chocolate
Chocolatísimo
Biscuit glacé
Leche merengada
Postres
Confituras
Cocina para regalos
Contacto

 

 

 

 

 

 La heladeria de los Italianos y el comienzo del otoño

 

 

Este verano he elaborado cuatro tipos de helado que prometí subir antes de que se vaya el buen tiempo: el de fresa, stracciatella, chocolate y una copa de chocolate rellena de licor de naranja, similar  a la que se fabrica en una de las heladerías más reconocidas de Granada: los Italianos, una heladería exceptional, que normalmente aparece en las listas de las diez mejores  de España.

 

 

 

 

 

 

En mi anecdotario (o historieta) sobre los helados, hago mención a mi entusiasmo, desde muy pequeña, por los cuchuruchos coronados de una bola de helado. Ya he contado también la tradicional llegada a mi pueblo del heladero de Lugo, anunciando la estación estival,  al grito: "Helaoooooooo de mantecaooooooooooooooo!!!!!!, helaosssssssss.....a los ricosssss helaossssssssss!!!! Mi admiración por este lucenso, modesto y parlanchín,  que sin duda hacía el mejor helado casero que tomé durante años, estuvo en la raiz de mi entusiasmo por los helados del carrito; hasta que con el advenimiento de los helados Frigo, el negocio dejó de ser rentable, porque el afán de novedad de la gente es siempre un factor con el que no se puede competir.

 

 

 

 

 

La verdad es que llevé muy mal la deslealtad hacia mi querido heladero. Quizá en mis páginas, habréis notado como muchos de mis utensilios culinarios son, o están, viejos y pasados de moda (coladores que vieron mejores tiempos, el trapo de lienzo donde mi madre enrollaba el brazo de gitano, cucharas de palo del paleolítico, y hasta mi batidora Kenwood que hace 50 años me traje de Inglaterra, camuflada en una maleta y que, aparte del cambio de color —del blanco nuclear al blanco sucio y amarillentofunciona como el primer día. Sí, soy muy leal hacia los objetos que me han servido fielmente y me resulta muy difícil desprenderme de ellos. Por el contrario y como todos estamos llenos de claro-oscuros, me encanta adquirir todo tipo de recipientes para servir mis platos; siento que cada preparación culinaria merece una presentación propia y exclusiva (quizá, esto también está relacionado con mi afición por la cerámica, porcelana, cristal, etc.). 

 

 

 

 

Con la desaparición de que aquel modesto, pero magnífico, artesano de la heladería, desapareció mi gusto por los helados. Fue en Granada muchos años después cuando redescubrí las exquisitices heladeras de los "Italianos", o "la Veneciana" como por entonces también se conocía este establecimiento, en donde se elabora el mejor helado "del mundo mundial". Yo llegué a esta ciudad en un frío día de enero, en donde Sierra Nevada estaba totalmente cubierta de nieve blanco-azulada.  Sorprendentemente, una de las primeras cosas que llamó mi atención fue un estabecimiento que permanecía cerrado a cal y canto y en cuyo escaparate se mostraba una castañera confeccionada en fieltro, un diseño muy de la época, y de aproximádamente un metro de estatura. ¡Oh casualidad! aquella castañera era igualita que Elvira, la castañera de mi pueblo, o al menos a mí me lo parecía: con su mandil de cuadritos que resguardaba su traje oscuro, sentata en una pequeña silla de anea y delante de un fogón con una lucecita que simulaba talmente la lumbre sobre la que descansaba una rejilla con las castañas que se estaban asando; a su lado una cestita con dicho fruto, y un atizador de paja para avivar la llama,  y mientras atendía a un niño que iba a comprar sus preciosas castañas; ¡para ser la castañera de mi pueblo, solo le faltaba mostrar las dos variedades que ella misma elaboraba: la asada, que envolvía en trapos viejos y renegridos para que se mantuvieran calientes, y las cocidas en agua con anises frescos, que luego ensartaba con un hilo y vendía a modo de collar!

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada vez que pasaba por allí no podia evitar pararme y quedarme extasiada recordando la otrara temporada de las castañas ("el magosto"), que mi mente asociada inexorablemente con el otoño de mi niñez,  sin duda, mi estación favorita. Esta heladería abría el día de San José e inauguraba la primavera en la ciudad, y lo mismo lo hacía con el otoño cuando después del Pilar daba el cierre. Pasados dos meses, llegó por fin el día de su apertura y, como había oído hablar tanto de la exquisitez de sus productos, decidí saciar mi curiosidad  e ir a  tomar un helado; ya de paso  iba a comprar una tarta para regalársela una amiga que era una entusiasta de "la famosa tarta helada de los Italianos". Pensaba acercársela a su casa y le pregunté a la dependienta cuánto tiempo aguantaría sin derretirse; al final, con la tarta pagada y envuelta, decidí coger un taxi por si las moscas, pero me encontré con que no llevaba bastante dinero para el taxi y le pedí a la dependienta que volviera a guardarla en el congelador hasta que me hiciese con el dinero; al momento salió una de las dueñas que, ni corta ni perezosa y sin conocerme de nada, me pidió un taxi, me dio el dinero para pagarlo y se despedió cariñosamente con la mano. Yo no sé si fue la inusitada acogida de aquel ángel, o el maravilloso gusto que me dejó aquel helado, o la decoración del establecimiento con sus flores blancas características, o aquellos manteles colocados en las mesas que traían directamente de Italia, o sus portacucuruchos en espiral, o los vasos de agua acompañados de una cucharilla de pala cuadrada, amén de la delicadeza del personal -que talmente parece educado en esos centros suizos, donde antes las niñas bien a aprender las estrategias sociales y culturales, o en términos más castizos "la etiqueta"- lo que me convirtió, en poco tiempo, en una de sus más fieles admiradoras. 

 

 

 

 

Los Italianos, establecimiento de tradición familiar, constituyen ya un icono granadino. José Luis Entrala cuenta en su libro Los Granadinísimos que su dueño era un emigrante italiano, que lo inauguró días antes de estallar la Guerra Civil y cito textualmnte: "Pasaron mucha hambre porque la ciudad no estaba para ir a comprar helados. Habían gastado mucho dinero en adecuar el local. Así que contrató a las chicas más guapas de Granada para que atendieran en el mostrador". Su fundador, Paolo de Rocco, que empezó arrastrando un carrito de helados, hoy se recuerda como uno de los grandes maestros heladeros de España, y yo diría que de toda Europa: "Elaboración artesana, calidad de las materias primas, sabores limpios ajenos a las modas y amabilidad y diligencia en la atención al público", son los pilares de la heladería, según el consejo Rector del Patronato de Turismo, que le ha dado el último premio, de los innumerables con que ha sido galardonada. Desde los Clinton a Michéle Obama, grandes escritores y artistas del siglo XX han degustado estos helados. Cuando en la visita de la Obama (a propósito de sus gustos, eligió un helado de tres tipos de chocolate": clásico, gianduja y trufa) les pregunté si pondrían alguna foto del acontecimiento, me constestaron sin titubear: "De ninguna manera, sería un menosprecio para tanta gente importante que ha pasado por aquí".  
 

Yo nunca preparo helado en Granada porque doctores tiene la santa madre iglesia, y teniendo los doctos Italianos sería una osadía; sin embargo, cuando estoy de veraneo, disfruto haciendo un buen helado artesano ya que en general todos los que venden me saben a polvos.  Mi hijo, un enamorado de Granada, dice que, sin duda, en esta histórica ciudad hay que visitar dos cosas obligadamente: La Alhambra y los Italianos, y no parece que esté muy seguro de en qué lugar.

 

 

Top
COCINATERAPIA | abronte@hotmail.com
UA-30383234-1