LA COCINA COMO TERAPIA
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Helados: llega el heladero de Lugo

 

 

El heladero arrastrando su carrito, y con la cantinela de: "Helaoooooooo de mantecaooooooooooooooo!!!!!!, helaosssssssss.....a los ricosssss helaossssssssss!!!! llegaba a mi pueblo a comienzos del verano, lo mismo que las cigüeñas llegan en invierno, y era sin duda la primera señal del comienzo de la temporada estival, en donde los días, aunque no siempre soleados, eran largos y estaban destinados a no hacer nada, o quizás a hacer las cosas más importantes y útiles de la vida, ésas cuyo recuerdo permanece con nosotros para siempre. Yo sentía una tremenda admiración por aquel hombrecillo que venía de Lugo, y que era capaz de promediar dos o tres porciones de helado -bicolor o tricolor- en una sola bola, y colocarlas en un cucurucho de barquillo con una maestría digna de elogio.

 

 

 
 

 

Tenía cuatro clases de helado en sus cubas, que estaban coronadas por una preciosa tapa dorada en forma de campana que se estrechaba a modo de pitorro para agarrarlos. Estaba el helado de mantecado, desgraciadamente hoy desaparecido en favor de la vainilla, el de chocolate, el de fresa y el de nata. Y, aunque mi favorito era el mantecado, no dejaba de probarlos todos y de forma muy asidua. El chocolate sabía al antiguo chocolate, un poco amargo pero sabrosísimo, el de nata no tenía nada que ver con el actual porque estaba elaborado de leche fresca con un sabor intenso, cremoso y casero; y por último, el de fresa que conservaba el aroma de la fruta recién cogida del árbol.


 

 

  

Personalmente, me encantaba el parloteo incesante de aquel hombre, siempre quejándose del maldito tiempo y de lo poco que había ganado la temporada pasada y hasta llegaba a amenazar con no venir más y con que aquel era el último año. Aquello me parecía una tragedia y cuando lo contaba en casa con gran alarma para convencerlos de la necesidad de comprar helados, siempre me contestaban con un despectivo: "¡Anda que no tiene ése cuento ni nada... Vende los helados carísimos y todavía se queja!". Mi respuesta era siempre: "¡Mentira! ¿Tú sabes hacer helados con hielo que no se deshaga nunca, y encima combinar tres sabores en una bola sin que se te caiga nada? Si se va el heladero, ya no vendrá nadie a veranear". Pero mi previsión sobre los veraneantes no se cumplió y efectivamente fue el heladero quien no volvió más, cuando empezó a venderse el helado Frigo; quizá por la misma razón que Catilina tuvo su época de esplendor en Roma por el afán de novedades del pueblo. Personalmente, creo que la fisonomía del pueblo cambió para peor, como cuando quitan una tienda de toda la vida y la sustituyen por una franquicia.

  

 

 
 

Yo no sé si la magdalena que le hizo recordar a Marcel Proust se la tomó al estilo inglés, es decir, a secas con un sorbito de té, o lo hizo al estilo español mojándola en el café o chocolate, pero para mí el helado de mantecado del heladero desató durante años toda clase de evocaciones de mi niñez, que me hacían sentir nostalgia y hasta un cierto desarraigo; y esto no cesó hasta que aprendí a elaborar los helados de forma artesanal; desde luego nunca tan buenos como los de mi paisano, pero al menos se me quitó aquel "regomello" de comer helados "de los de siempre".

 

 

 

 

Mi primera experiencia con el helado, ya de casada, la tuve cuando veraneaba en el campo y no había heladerías cerca. Por eso me compré una heladora Philips eléctrica con un funcionamiento muy rudimentario, pues se metía el aparato dentro del congelador de la nevera y se pasaba el cordón eléctrico a través de la puerta de dicho congelador para enchufarla fuera, lo cual parecía entrañar algún peligro. Con esta máquina hacía toda clase de helados, sobre todo el de mantecado que era pura natilla con su canela y limón; y también una leche merengada que tomábamos a la "fresquita" y que estaba buenísima. Cuando se rompió esta heladora, con gran desconsuelo por mi parte, tuve que recurrir a otra heladora eléctrica que batía pero no enfriaba; estaba dotada de un recipiente con una cámara de goma con agua dentro, que se dejaba en el congelador durante al menos un día para que se hiciese hielo; así, cuando se batía la crema adquiría una cierta consistencia pero nunca llegaba a solidificarlo, y hasta que lo metes en el congelador no se ponía duro; en el fondo era parecido a aquellas antiguas heladoras de madera o corcho a las que se les metía hielo mientras se batía. Este método no era el ideal, y en mis sueños me veía propietaria de una heladora italiana Gaggia, que había visto en una revista y que entonces no se vendía en España.

 

 

 

 

Y por fin, en un viaje a Verona, encontré mi soñada heladora Gaggia (batidora y congeladora a la vez) en una ferretería de ensueño, de la que me hubiera traído toda la tienda (las ferreterías son mi debilidad). La verdad es que con lo que me gusta la ópera -y en este caso, nada menos que Aida en la Arena de Verona- creo que mi recién comprada heladora me resultó más atractiva.

 


 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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