LA COCINA COMO TERAPIA
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El lenguaje culinario

 

 

 Cuando empecé a escribir sobre la cocina y traje a la mente recuerdos de mi niñez cocinera (claramente fui una niña casi tan precoz como Tita, ese personaje de "Como agua para chocolate" que lo aprendió todo de manos de su fiel criada Nacha), decidí explorar las características del discurso culinario. Me sorprendieron dos cosas; en primer lugar, a diferencia de la escritura académica, en la culinaria no hay que dar testimonio de nada. Todo parece transmitirse oralmente de madres a hijas y, salvo el banquete de dieciséis platos (con postre de helado, entre otros) que los tres Emperadores (el Zar Alejandro II, su hijo, el futuro Alejandro III, el Kaiser Guillermo I, y el menos real, pero poderosísimo Bismark ) compartieron el 7 junio de 1867 en el Café Anglais de Paris, a cuenta de la Exposición Universal, no tenemos ninguna evidencia fehaciente de casi ninguno de los relatos históricos que se cuentan sobre la historia de cocina. Yo, por pura deformación profesional, tiendo a remitir al lector a las páginas de internet o los libros donde me he documentado; pero si no lo hiciera sería lo mismo, porque en este campo no parece que a nadie le importe o le preocupe, lo más mínimo, los documentos que confirman su veracidad.

 

 

 

 

 

 

 

  

 

El segundo hallazgo fue el uso del lenguaje persuasivo y autocomplacente;  en este sentido, los que escriben sobre las recetas culinarias, se parecen a los creadores de spots publicitarios en donde el producto siempre es "maravilloso", "delicioso", "exquisito", " espectacular", "suculento" y otra ristra de lindezas muy positivas; la literatura gastronómica es, sin duda, el arte de convencer a los lectores sobre la bondad de los platos que se presentan. Por tanto, la retórica (como el arte de persuadir) y la cocina corren parejas. Al principio y por contraste con mi anterior forma de trabajar, me costó adaptarme a tal exagerada autobombo, pero pronto comprendí que era parte de la intención persuasoria de este género, a cuyas convenciones debía atenerme, como había aceptado que la cebolla no debe notarse en el risotto. Sin embargo, tengo que revelar que, en mi caso, jamás he tratado de alabar ninguna preparación culinaria de cuya bondad yo misma no estaba previamente convencida.

 

 

 

 

 

Alguna vez he pensado qué pasaría si incluyera en un artículo académico algunos de los adjetivos que utilizo comúnmente en la cocina, o vertiera opiniones sobre el origen histórico de determinados platos, p. ej.: "El resultado de esta investigación es espectacular", "Los aztecas se tatuaron los verbos irregulares españoles para entenderse con los conquistadores, "Noé elaboró en el arca la primera pedagogía para las lenguas extranjeras", "Noam Chomsky articuló toda su gramática generativa para darle en los morros a algunos colegas envidiosillos", etc. Sin duda, el editor me hubiera tomado por loca y posiblemente respondería a mi petición de publicación con un lacónico: "No aceptado".  ¡Y, realmente, si dijera tales cosas,  a lo mejor mi "impacto"  se hubiera incrementado sorprendentemente! ¿No es eso lo que se busca?" Y es que en la cocina jugamos con los adjetivos superlativos y las leyendas y los mitos de la misma manera que lo hacemos con los ingredientes, los sabores, las texturas, y hasta la policromía de las presentaciones, de manera subjetiva y creativa. Por eso, estoy tan a gusto en este mundo de la cocina.


 

Es curioso que esta reflexión me surgió a raíz de mi mención a "Abraham como primer consumidor de helados desde que el mundo es mundo"; y una vez escrito, me quedé de piedra por tamaña osadía, pero enseguida reaccioné y me dije a mí misma que nadie se llevaría las manos a la cabeza, ya que en el mundo gastronómico el hecho de que Abraham fuera pionero en la heladería es más conocido que "el mal rato" que pasó con su hijo Isaac; y además ¿quién soy yo para cuestionar su gusto por los helados? Sin duda, debo agradecerle a este personaje bíblico, al que nunca he tenido gran aprecio, por razones obvias, que me suscitara el pensamiento de que el texto culinario, lejos de tener una finalidad científica, objetiva y rigurosa, es todo lo contrario, es un relato universal que apela a sentimientos del imaginario colectivo; y,  es tambien universal porque es una parte esencial de la "novela" de la humanidad.

 

 

 

 

 

 

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