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El secreto de mi abuela: su historia de amor con Ramón Cabanillas

 

 

 

Unha vez tiven un cravo

cravado no corazón,

i eu non me acordo xa se era aquel cravo

de ouro, de ferro ou de amor.

 

 

Rosalía de Castro

(Follas novas. 1880)

 

 

Una vez tuve un clavo

clavado en el corazón,

y yo no me acuerdo ya si era aquel clavo

de oro, de hierro o de amor.

 

 

He hablado de mi abuela como hacedora de pan y de las mejores empanadas  que he comido nunca; y cuya personalidad encajaba además con todo lo dicho sobre las mujeres que se han dedicado a cumplir  el rito ancestral de tal labor. Hay además un acontecimiento en su vida, que quizá interese a algunos lectores que gusten de relatos envueltos en un cierto halo de misterio.

 

 

 

 

 

Mi abuela era una mujer muy alejada de los cánones de la época: una entusiasta lectora, que además apreciaba y leía poesía (sobre todo a Curros Enríquez del que podía recitar poesías completas); algo totalmente insólito en una mujer de la burguesía del campesinado. Era guapa e inteligente con un personalidad fuerte y una cierta coquetería. (Esto último lo intuyo de lo orgullosa que estaba de su colección de abanicos, y del manejo de su lenguaje). Según decía mi padre con un refinado tono irónico, poseía una facilidad especial para encandilar a todo el que se pusiera por delante, ya que era una magnifica conversadora, cuyo trato cordial y empatía la convertían en el centro de cualquier reunión.

 

 

 

 

En cuanto a sus labores domésticas, fuera de la espléndida comida que preparaba asistida siempre por su fiel Encarnación, nunca mostró ni el más mínimo interés por ser una tradicional ama de casa. Esto hizo que mi madre, la mayor de sus hijos, se encargase desde muy niña de sus hermanos y de muchas otras labores impropias de su edad; cosa que no sólo no le reprochó nunca sino que sentía verdadera veneración por aquella madre a la que consideraba excepcional. Creo que eso fue la razón por la que mi padre nunca apreció a  su suegra y la hizo responsable de la escasa cultura "académica" de mi madre. Mi padre contaba una anécdota muy reveladora de la diferencia entre las dos mujeres: mi madre solía usar frecuentemente el término "bolchevique" a modo de insulto (imitando a su madre), sin la menor idea de qué era un bolchevique, y mucho menos de quién era Lenin; a esto, mi padre añadía que, sin embargo, "vuestra abuela os podría dar una lección magistral sin, por supuesto, olvidar el dato de que habían sido los verdugos de los Romanov" (foto de abajo).

 

 

 

 

  

En realidad, además de la lectura, esta mujer contradictoria, cultivaba dos grandes aficiones: ocuparse de su "libro", en donde recogía todos los acontecimientos referentes a la monarquía de entonces, ilustrados con imágenes de la época, que pegaba y comentaba primorosamente (como si de la revista "Hola" se tratase). Pero su auténtica pasión era el espiritismo; según mi padre, manejaba las leyes de la física para mover el velador a su antojo, como si de un prestidigitador se tratase. Esta afición debió de comenzar a raíz de la muerte trágica de su primer hijo y se fue acentuando con las sucesivas muertes de sus otros dos hijos varones.  Su afán por comunicarse con ellos a través de aquellas séances era tal que hasta el párroco la amonestaba abiertamente en las sermones porque tales sesiones, aunque las ejercía muy privadamente, eran la comidilla del puebla. Sin embargo no conseguía aminalarla y no sólo no mostraba ningún arrepentimiento sino que en la misma iglesia ostentosamente sacaba su rosario y lo rezaba haciendo el mayor ruido posible. Católica que era, ni el Papa hubiera conseguido que cejara en el uso de su estimado velador.

 

 

 

 

  

Debo decir que en su casa se respiraba un aire de gran anarquía, que contrastaba con el excesivo orden y concierto de la casa de su hija, mi casa. Dejaba a sus nietos hacer lo que nos venía en gana. Si mostrábamos el deseo de tomar chocolate con picatostes media hora antes de comer, requería de inmediato la presencia de su fiel Encarnación para que se apresure a prepararlo. Ante la indignación de la muchacha, su contestación era: "Es que el antojo lo tienen ahora y no cuando lo diga el reloj". Era claro que todo lo que se vivía en aquel ambiente era un malísimo ejemplo para cualquier niño. En tono cariñoso, solía criticar el perfeccionismo de mi madre, con la sentencia de: "Filliña, te morirás diez años antes de que te toque" (lo que luego mi madre me ha reprochado a mí en tantas ocasiones).

 

 

 

 

  

Sobre su vida circulaban extrañas historias, todas contadas como grandes secretos. Tengo la impresión de que su casamiento debió de ser una cuestión amañada por las familias. Mi abuelo era un hombre muy bien parecido, que vivía con su madre en la Goleta; un "señorito de aldea" inculto que, aunque estuvo en la universidad de Santiago, no terminó ninguna carrera. Vivieron en Lorenzana donde ella mantuvo una existencia solitaria, marcada por un íntimo desarraigo del mundo en el que vivía, aunque no perdió su natural curiosidad, optimismo y capacidad por disfrutar de todo aquello que era de su agrado. Odiaba la murmuración, el pasatiempo por excelencia de aquel pueblo. Recuerdo que tenía dos primas, Filomena y Nicolasa (cuyos nombres nunca oí por separado, y cuya fealdad también iba a la par) que acudían sin aliento a contar a mi madre o a mi tía el último chisme, pero evitaban la presencia de su prima, que las hubiera reprendido con un "no nos importa la vida de nadie".

 

 

 

 

 

 Cuando su suegra murió, y lo esperado (y legal) era que la Goleta pasara a su nuera y únicos nietos (los descendiente directos de mi abuelo ya fallecido), mi bisabuela sorprendentemente amañó un testamento para que la heredase una hermana suya (bajo la promesa de que a su muerte pasase a sus legítimos herederos). Aquello fue sin duda una clara venganza para con mi abuela. Pasados los años y por esas extrañas circunstancias de la vida, la Goleta nunca pasó a nosotros sino que fue a parar a manos extrañas, lo que mi madre calificaba como "el robo de la Goleta". Sin embargo, mi abuela aparentemente nunca se inmutó, y ante la indignación permanente de mi madre, sólo decía: "Tu abuela habrá tenido sus razones". (Foto de la Goleta)

 

  

 

Otra historia que se contaba en la Goleta y que evidenciaba la falta de sintonía que debió de existir en el matrimonio de mis abuelos, fue el viaje de mi abuelo a la Argentina para hacerse cargo de una herencia; y como consecuencia de sus "interminables trámites" permaneció en esa tierra nada menos que diez años, el tiempo que necesitó para gastarse hasta el último céntimo. No sé  si esto sucedió antes, después o en medio del nacimiento de sus cinco hijos. Mi abuelo murió joven y mi abuela jamás volvió a mencionar a su marido.

 

  

 
  

Pero el acontecimiento más extraordinario y que me ha llevado a incluir su relato en esta página web, fue el "noviazgo" de mi abuela con Ramón Cabanillas; para mí, personaje desconocido durante años hasta que ya estudiando en Santiago tuve noticias de que, con Curros Enríquez y Rosalía Castro, era uno de los grandes poetas gallegos, además de etnógrafo, ensayista, dramaturgo, y más tarde académico de la lengua española. De esta relación apenas conozco gran cosa ya que en la familia se ocultaba con sumo sigilo, y cuando ya de mayor la saqué una vez a relucir, me cortaron con un lacónico: "Morra o conto". 

 

  

 

 

 

Recientemente he pretendido indagar en este suceso, que estoy segura podría ser motivo de interés para los biógrafos y críticos del poeta, pero obtuve nula información, ya que las personas de mi familia que hubieran podido arrojar alguna luz estaban ya muertas y bien muertas (no olvidemos que estamos hablando de algo que aconteció hace más de cien años). No obstante, yo no he podido evitar, aunque sólo fuera en mi mente, tratar de resolver el puzzle mediante preguntas y conjeturas sobre este misterioso suceso.

 

 

 

  

Quizá influenciada por la historia del gran poeta inglés Wordsworth y el hallazgo tantas décadas después de su amor por Annette Vallon y el descubrimiento de una hija ilegítima Caroline, y de otras descubrimientos biográficos en relación con escritores, que al fin y a la postre, han revelado datos que, aunque en opinión de muchos críticos poco tienen que ver con el talento literario del autor, personalmente pienso que siempre arrojan luz incluso para interpretar cuestiones de su obra.

 

Lo primero que hice fue interesarme por la edad de ambos y me encontré con que eran casi coetáneos pues mi abuela nació en torno al 1880 y Ramón Cabanillas en 1878. Lo que más me desconcertaba, era lo improbable del encuentro en sí, pues procedían de sitios de Galicia muy distantes:  él nació en Fefiñanes (Pontevedra) y ella en Villaronte (Lugo). Pero recopilando algunos datos que sí son reales, me encontré con que no era tan extraño. Mi abuela era cuñada de Adela Fernández del Riego, hermana de Francisco Fernández del Riego, galleguista y futuro presidente de la Academía Gallega, y posiblemente Ramón Cabanillas pudo muy bien tener alguna conexión con una familia tan afín a sus intereses literarios y galleguistas. Otro dato que apuntaba en la misma dirección del posible encuentro era que de soltera, mi abuela visitaba a unos amigos o parientes lejanos, de cuyo hijo Ramón Fernández Somoza (1899-1994) era madrina (años más tarde este ahijado, discípulo de Cajal, fue director del hospital psiquiátrico de Conxo).

 

 

 

 

  

A título de conjetura el encuentro debió tener lugar entre 1897 y 1899, en cuyas fechas mi abuela tendría 17 o 19 años y el poeta estaría entre los 19 y 21, y ya trabajaba de empleado del ayuntamiento de Cambados pues, como él mismo decía, no era ni bachiller. La historia debió de terminar antes de su matrimonio (1899) con Eudosia Fernández Otero con la que tuvo siete hijos, lo cual no impidió que en 1910 emigrase a Cuba sin su familia y permaneciese allí durante unos cinco años. Según se me dijo, era muy "amorosiño", y él mismo confirma que en aquellos primeros años de su matrimonio "foi tempo de divertirse nas tabernas entre mariñeiros" (fue tiempo de divertirse en las tabernas de los marineros)". Claramente fue un gran poeta pero también un aventurero "una dandy perdido na bohemia", decía Vicente Risco. Pero bajo su aparente vida un tanto licenciosa, confesaba: “Toda a miña vida é unha traxedia” y siempre se negó a que se escribiera su biografía. (Foto de abajo: Casa Museo de Cabanillas).

 

 

 

 

 

 

Todos los datos acabados de mencionar son reales y, a partir de ahora, intentaré completar el puzzle con una interpretación muy personal, y quizá errónea, de ese supuesto "noviazgo", o más bien, fugaz  encuentro amoroso. La pregunta obligada es:  ¿por qué se llevó con tal secretismo? ¿qué paso en realidad?  A mi juicio, todo apunta a que debió ser una relación muy corta, un "esplendor en la hierba" propio de juventud.

 

 

 

 

  

En cuanto  a mi abuela, la existencia de un "escándalo" en esta relación parece incuestionable. Quizá cuando sus padres fueron conocedores de este amor, se apresuraron a traerla de inmediato a la aldea, y se corrió un tupido velo sobre el asunto. Debemos además tener en cuenta que mis bisabuelos, gente acomodada, no hubiera consentido que se casara con un pobretón empleado del ayuntamiento con tendencias libertinas y, lo que era todavía peor, con aficiones "literarias".

 

  

  

 

Pasaron casi diez años cuando mi abuela se casó, o la casaron con el "señorito" de la Goleta; y quedó confinada al perímetro de cincuenta kilómetros  a la redonda en donde vivían sus familares, incluida su suegra que posiblemente nunca le perdonaría ese "desliz" de juventud; pero ni los años ni los avatares de la vida fueron óbice para que mantuviera su espíritu libre y rebelde. A mi juicio,  el encuentro con el poeta la marcó para siempre: ¿por qué leía poesía, y además de Curros Enríquez, una de las influencias más claras en la poesía de Ramón Cabanillas?

 

 

 

 

 

 

Incluyo una estrofa de Ramón Cabanillas para que el propio lector juzgue si el recuerdo de mi abuela no permanecería también en la vida del poeta para siempre:

 

  

A roseira do recordo

 ten as rosiñas a centos;

 ni-as pode queimar o sol

 ni-as pode arrincar o vento:

 frorece cando se quere

 e dalle o delor recendo.

 

Número XI da sección “Pombas feridas”. Vento mareiro

 

 

 

 

 

 

 

Para más información, consultar: https://docs.google.com/gview?url=http://acorunacultura.org/files/2010/02/Triptico-Cabanillas.pdf&chrome=true

 

 

 

 


 

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