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Natillas: Homenaje  a mi profesora

 

 

Si tuviera que confesar cuál fue el primer postre que elaboré, diría sin pensarlo que las natillas. Dicen que las palabras poseen un tremenda carga evocadora; ya Aristófanes afirmaba que las palabras tienen alas; de ser asi,  las natillas me harían abrir mis alas y trasladarme a mi sillita de la cocina de la casa de mis padres, cuando no tenía más de seis años, y no dejaba de suplicar que me dejaran batir las yemas de las natillas. En mi casa era normal prepararlas, porque mi padre padecía un problema digestivo que le obligó a alimentarse de una dieta blanda durante casi toda su vida.

 

 

 

 

La rutina era siempre la misma: la yema se ponía en un cuenco y se batía con dos cucharadas de azúcar, hasta que la mezcla quedaba blanquecina y doblaba su tamaño; entonces se le añadía, a poquitos, un vaso de leche y una cáscara de limón (y canela, si no eran para mi padre); luego se cocía a fuego lento sin parar de remover pero sin que llegara a hervir, porque se corría el riesgo de que se cortara y eso era algo terrible. Con las natillas me ha pasado algo así como con las clases: a veces pones todo tu empeño y tu mejor saber hacer y no te salen bien; otras te dejas llevar por la espontaneidad, y te salen divinamente. Ambas actividades, clases y natillas, comparten un mismo resultado: cuando te salen mal, "te dan el día". 

 

 

Por fin, un tarde en que estaba conmigo una amiga, se me permitió  hacer las natillas yo solita, e hicimos dos platos de natillas, uno bol para mí y otro para mi amiga. Cuando las rebañamos nos parecieron riquísimas. Yo se las puse a mi padre de postre y me las celebró tanto que aquel día pensé que sería cocinera. Por el contrario, el padre de mi amiga ni siquiera quiso probarlas y las tiró sin más. Aquel día me di cuenta de que mi padre no era como los otros padres, sino que era una persona especial, muy especial.

 

  

Posiblemente el lector esté pensando que mi destreza culinaria en una niña de seis años suponía una cierta precocidad; pero su opinión cambiará radicalmente  cuando sepa que esta misma niña, ya con siete años, no era capaz de leer. Yo iba  a un colegio de monjas,  que no era ni bueno ni malo, pero sus técnicas de lectura eran algo anticuadas y saber leer equivalía a leer, o mejor descifrar  "El Manuscrito", manual que contenía unos textos con distintos tipos de letra  y cuya dificultad se incrementaba progresivamente; asimismo los contenidos, escritos en un léxico ampuloso y artificial, estaban carentes de todo interés, y eran a todas luces inapropiados para una niña que se esforzaba cuando se sentía claramente atraída por algo.

 

 

Al principio mis padres no le dieron ninguna importancia a mi retraso lector, pero cuando cumplí los siete años y les comunicaron oficialmente que era incapaz de aprender a leer, mi padre -él mismo un gran lector- empezó a preocuparse. Sin una palabra de reproche ni dramatismo de ninguna clase, un día  me dijeron que ya no iría más a aquel colegio, y que empezaría a asistir a una clase particular de una profesora que acababa de terminar la carrera de Filosofía y Letras, y por razones familiares había tenido que regresar al pueblo. Pues bien, lo primero que me encontré en mi mesa fue el libro "Corazón" de Edmundo di Amicis.

 

 

Al principio lo leía con torpeza, sílaba a sílaba, hasta que poco a poco empecé a percibir que las palabras sí tenían un significado cercano; y más tarde esas palabras se combinaban con otras y se convertían en relatos emocionantes por los que, sin darme cuenta, cada día me resultaba más fascinante el diario escolar de Enrique Bottini, el protagonista, un niño de nueve años. Al poco tiempo, hice algo que mis compañeros, esforzándose por leer correctamente,  no eran capaces de hacer: leer y llorar a la vez con las melodramáticas historias de los relatos del escolar italiano. Recuerdo todavía como si se tratase de ayer:  la muerte de la madre de Garrone; el esfuerzo de Coretti por sacar buenas notas; el padre borracho que pegaba a Precossi;  las burlas de los compañeros a la joroba de Nessi; Betti, el hijo del carbonero; y los preciosos cuentos que se entrelazaban en el relato general: Marco en "De los Apeninos a los Andes", Julio en "El pequeño escribiente florentino", y el niño-tambor de 14 años en "El tamborcito sardo", etc.; todos ellos representaban una serie de valores  morales y sociales (sentido del deber, del honor, del patriotismo, del trabajo, de la honradez), que provocaban en mí la emoción y las lágrimas. ¡Qué verdad es que la memoría tiene mucho de selectivo!; ¡y pensar que no recuerdo lo que comí ayer!

 

 

 

Este libro fue para mí la puerta a la lectura. A partir de entonces se acabaron mis problemas lectores; luego, vinieron otros historias con otros personajes y siempre nuevos mundos por descubrir que me crearon un hábito de lectura que, sin duda, fue un pilar básico en mi formación escolar.

 

 

Y esto se lo debo a una maestra excepcional, que adoraba su trabajo. Desde aquí, le envío mis gracias infinitas.

 

Terminar con unas buenas natillas es un lujo para cualquier comida: son realmente  bocatto di cardinale,  el equivalente a una buena langosta  a la americana, con la diferencia de que comprar una langosta en estos momentos es casi un pecado y hacer unas natillas exquisitas es sólo cuestión de ponerse y ejercitar la paciencia. Para mí, con el tocino de cielo, son mi postre favorito ya que me trasladan a momentos de mi vida que ya no puedo recordar de otra manera.

 

 

Elaboración:


Los helados de mantecado son las natillas tradicionales que se preparan con el procedimiento que se usa para hacer helado;  pero tienen una gran ventaja: si se cortaran, el batido de la heladora las unirá y, en su lugar, conseguiremos un estupendo helado.
 

1. Pon la leche en un cazo con la canela, la cáscara del limón y la mitad del azúcar y que hierva durante 5 minutos, y luego lo dejas  tapado un rato para que se infusione los sabores del limón y la canela:

 

 




2. Ahora separas las claras de las yemas, y éstas las bates en la batidora, o manualmente si no tienes un aparato eléctrico:

 

 



3. Agregas  a estas yemas  la mitad del azúcar (de los 200 g. de la cantidad total) y cuando las yemas se ponen blanquecinas, le añades la nata y la mezclas con una cuchara sin más. Si quieres que se espesen antes y evitar que se corten puedes ahora echarle una cucharada de maicena disuelta en dos cucharadas de leche, y así evitas el desagradable cortado de las natilas. Yo a éstas, no les he agregado nada, pero entiendo que para una primeriza es un truco que funciona.

 

 




4. Ahora  en una cacerola mezclas  el líquido del cazo (la leche con el limón, la canela y la azúcar) que debe estar frio o templado,  y la mezcla de la batidora, y lo revuelves bien:

 

 


 



5. A continuación, lo pones en la hornilla con un fuego suave, de una temperatura media (50º), y que vaya cociendo despacio sin hervir en ningún momento.
Transcurridos unos 15 minutos se van espesando y puedes subirlo un poco (máximo 60º) y sigues removiendo; hay que tener paciencia porque a veces necesiats más tiempo para que se espesen. El secreto es cocer las natillas a una temperatura de unos 50º 0 60 º, pero cuidar de que no hiervan nunca:

 

 




6. Poco  a poco ya ves  cómo van espesando y tomando el maravilloso color de las natillas. Así deben quedar: con cuerpo y muy brillantes (para el brillo  le agrego, al final de todo, una nuez de mantequilla). No te olvides de agregar la cuchradita de mantequilla. Fíjate en la cuchara y verás el espesor:

 

 



7. Este es el resultado final. Es una buena idea  servirlas con un moscatel bien frío o con un vino dulce (Oporto o Pedro Ximénez) como hacían en cas de mi abuela:

 




Unas natillas buenas son una delicadeza culinaria difícil de encontrar, uno de los postres más exquisitos, en donde se  aprecia más que en otras recetas  la verdadera maestría de la cocinera.

 

BON APPÉTIT AND GOOD LUCK!!!!!!!!


  

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