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Navidad 2013: Canción de Navidad de Charles Dickens

 

 

Hace ahora un año escribí en estas páginas recuerdos de la Navidad de mi niñez. La Navidad es siempre un tiempo nostálgico donde uno tiende a hacer recuento.  Cuando he recordado los acontecimientos de este año, que pronto será pasado, siento que los dos acontecimientos de mi vida dignos de mención han sido: el estreno de la obra teatral de "El Diccionario", en donde mi hijo, Manuel Calzada, con éxito de público y crítica, dramatiza en "El Diccionario" la vida de María Moliner, extraordinaria lexicógrafa y, si es posible, mejor mujer y persona. Y, además, en menor medida, tengo que que referirme a la actividad de esta web; no sólo por el placer que me ha producido diseñarla y refinar mis recetas, en una tarea laboriosa pero tremendamente gratificante, y su consiguiente plasmación ilustrada en esta web. Me resulta también asombroso cómo de forma inconsciente, como si se tratase casi de un proceso serendípico, el hecho de materializar mi amor por el arte culinario, me ha proporcionado un efecto terapéutico muy liberador, encaminado a recuperar una etapa de mi vida, perdida y olvidada: la niñez.  

 

 

 

 

Me gusta la Navidad, en contra de la gente que hoy en día clama abhorrecer esta celebración, a mí siempre me conmueve. Sin embargo, sin contar las navidades de mi niñez, estos últimos años no he podido por menos que pasarlas por un tamiz crítico por la mascarada y orgía comercial en que se han convertido, y que poco o nada tienen que ver con lo que yo entiendo por el espíritu de la Navidad, si todavía queda algo. 

 

 

 

 

 

¡El Espíritu de la Navidad! ¿De qué hablamos cuando nos referimos a Él? Año tras año he leído, como preludio a estas fiestas, "Canción de Navidad" de Charles Dickens, y no creo que ninguna obra literaria haya reflejado de forma tan acertada el espíritu de esta celebración, con la misma vigencia que tuvo hace 200 años cuando se publicó este clásico de la literatura universal. Dickens es uno de mis novelistas favoritos por su capacidad para crear mundos fantasmagóricos y alucinantes, con tanta entidad propia como si de panoramas reales se tratase, quizá porque sus personajes representan una creíble galería humana de la sociedad en la que vivió: la sociedad victoriana, egoísta e hipócrita y, a veces, también generosa y filantrópica; a la que el narrador omnisciente, quizá escéptico ante el más allá,  se toma la justicia por su mano y otorga a sus historias finales merecidos y felices  que dejan al lector con la miel en los labios.

 

 

 

 


Parece que vivimos en estos momentos un realidad bastante parecida a la de "Canción de Navidad", y sería muy deseable que el proceso de transformación que se está viviendo en tantos sectores de la sociedad, se asemejase al producido en Ebenezer Scrooge, el odioso, tacaño, avaro e insensible personaje de esta historia, que finalmente, cambia el rumbo de su existencia y encuentra su redención, y por ende, la felicidad. En definitiva, y refiriéndonos a nuestro panorama actual, un tanto desolador e inquietante, valdría la pena que pensaramos en instaurar un mundo más solidario y compasivo.  Os animo a leer "Canción de Navidad" (cuyo enlace adjunto al final de este texto). ¡Bienvenidos los Espíritus del Pasado, Presente y Futuro para despertar en nosotros el verdadero Espíritu de la Navidad, entendido como lo mejor que anida en cado uno de nosotros!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay algo que no quiero dejar de mencionar en este breve comentario. Pocos obras literarias tratan con más respeto y entusiasmo el placer por la comida de estas fiestas y, por contraposición, la carencia de lo básico. Dickens fue sin duda un gran epicúreo en el sentido filosófico del término; es decir, el hombre que defiende la búsqueda de una vida buena y feliz, y los vínculos de amistad y solidadridad. Es curioso observar sus descripciones, detalladas y estimulantes, de los majares que se presentan en nuestras mesas en tal celebración. A continuación, he querido mostraros algunos de los extractos de la comida de Navidad, que se describen en el "Cuento ed Navidad":

 

 

 

En el suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes perniles, lechones, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes boles de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. 

 

 

 

 

Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también había pilas de avellanas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evocaba los paseos por los bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta entre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucediendo y daban vueltas y más vueltas en su pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los huecos! Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bra- mante desaparecía con rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aromas del té y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar, hacían sentir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos estaban húmedos y pulpusos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los comestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corriendo a recogerla, cometiendo cientos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos corazones con que ataban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.

 

 

 

 

En esta emotiva obra, hasta los pobres  disfrutan de una misérima oca y del consabido Christmas pudding, aunque duro como una bala de cañón:

 

Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía creer que se hubiera cocinado jamás una oca como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por la salsa de manzana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuente, ¡no se la habían acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y  su acebo en la parte superior. Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado.

 

 

 

Pero gracias a la redención de Ebenezer Scrooge, la oca se transforma en un hermoso pavo: 

 

 

¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse sostenido sobre sus patas; las habría reventado en un momento como si fuesen palillos de lacre.

 

 

 

 

 

Y  la moraleja, que hacía feliz hasta a la mismísima Reina Victoria, como  quizá  a todos nosotros, no  puede estar mejor elegida: 

 

 

Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas.

 

 

FELIZ NAVIDAD 

 

 

N.B. Es curioso que en todas las traducciones del inglés al español, el animal que regala Scrooge un "goose"  (ganso),  que se maltraduce por un "pavo",  siendo el primero mucho más apreciado. 

 

 

 

 

 

 

 ENLACE AL CUENTO DE NAVIDAD:        

http://www.espacioebook.com/relatos/dickens/Dickens_CuentodeNavidad.pdf

 

 

 

 

 

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