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La Navidad del 2014

 

Otra vez ha llegado la Navidad o, por lo menos, es lo que proclama El Corte Inglés, el pregonero oficial de la misma; además de anunciar a bombo y platillo que este año nos van a financiar las compras; parece que el difunto dueño del Corte Inglés se ha encontrado con el Sr. Scrooge, que en estas fiestas anda ocupadísimo, y el protagonista del cuento de Dickens le ha contado al magnate español que, si en la tierra el dinero alivia muchas penurias, en el cielo no existe ninguna moneda de curso legal; sea quien fuere, alguien del cielo ha mandado un twit a los nuevos dueños del emblemático establecimiento, y justo es decir que han reaccionado con gran "generosidad", facilitando que se paguen las compras en cómodos plazos; más no podían hacer, porque las plusvalías son las plusvalías. Y hablando de dinero, no me acabo de creer que se haya acabado la crisis, sobre todo, cuando veo a tantos jóvenes en paro o emigrando, o a tantos jubilados con poco más de 400 euros, o veo a la gente en la carnicería pidiendo cuarto y mitad. Quizá, por eso, este año he hecho más recetas de crisis que nunca, eso sí, adornadas como si estuviéramos comiendo angulas (las vereis en la Sección de Novedades).

 

 

Yo creo que nunca he vuelto a estar en Navidad desde las últimas de mi niñez, o, por lo menos, en la forma en que las concebía, cuando todo estaba envuelto en magia, y de cualquier cosa hacíamos un festín: aquello sí que era real (como las ideas de Platón son más reales que la realidad): el árbol era de verdad, y el musgo olía a naturaleza, y el aroma del tomillo y romero inundaban la casa, y hasta el calor del brasero de picón calentaba más que la calefacción central, pero, por encima de todo, la vida era algo seguro, inquebrantable, indestructible, donde ni los más huracanados vientos del Cantábrico rozarían un átomo de mi hogar en Nochebuena.  

 

En mi primer año en la web, ya conté cómo era aquella Navidad, y lo que escribí entonces es de las pocas cosas que jamás cambiaría. Sí, eran tal como las recuerdo, quizá no exactamente,  porque el tiempo perdido todo lo idealiza (ya el mismo Proust afirmaba que los recuerdos siempre están distorsionados y que poco o nada tienen que ver con la realidad, pero qué importa... Sino ) Ante el recuerdo de aquellas fiestas,  y el sentimiento de que mis padres están cada vez más alejados en el tiempo y más cercanos en mi corazón, no puedo evitar la morriña. Pero no seamos aguafiestas y pensemos que "estamos en Navidad". Al fin y la cabo, a mí siempre me ha encantado la Navidad y me he contagiado muy fácilmente de su espíritu, con el entrañable escenario de la Natividad en Belén; y, por supuesto, con la emoción que me sigue produciendo el "Cuento de Navidad" de Dickens, esa metáfora de lo que debiera ser esta festividad, o quizá lo que debiera ser la vida misma.

 

 


Pero bueno como antídoto a tanto sentimentalismo, y como ya he cumplido sobradamente com mi selección de recetas estupendas y económicas para este 2014, he decidido permitirme  alguna frivolidad, quizá en este mundo del diseño culinario, la frivolidad por excelencia: los macarons. Hace tiempo que quiero hacerlos, pero siempre encontraba una excusa para no hacerlos y lo iba postergando  por una especie de pánico escénico, pero al fin me puse a ello y ahí están, de diferentes formas, colores y sabores. Me han llevado un tiempecito, pero creo que estoy en condiciones de ofreceros una receta con la que os saldrán genial. Ha sido toda una experiencia vital; en general, nadie cuenta la receta en su integridad y, sobre todo, no se mencionan las precauciones que hay que tener en cuenta para hacer un buen macaron. Ahora entiendo por qué están envueltos en ese misterio y en esa mística. La verdad es que conseguir una buen macaron es como alcanzar las Moradas del Castillo Interior de Santa Teresa, uno va de la ascética a la mística.

 

 

 

Para ser sincera, tengo que confesar que a mí nunca me habían gustado los tan celebrados macarons hasta muy recientemente; como no me gustan esas tartas americanas decoradísimas que, en la mayoría de los casos, no saben a nada (la única ventaja que tienen es que si las guardas, puedes  subastarlas a la vuelta de los años y te ganas un buen dinero, como acaban de hacerlo con el pastel de boda de Lady Di); como tampoco me gustan la mayoría de adornos navideños y menos que ninguno el que ponemos en la puerta de la entrada, que ni el ladrón más ladrón del mundo siente el más mínimo interés por llevárselo, con el consiguiente disgusto del propietario que tendrá que volver a guardarlo para el año siguiente.  A mí lo que me gusta es poner un pino de verdad, adornado con pequeñas velas de verdad que alumbraran con una llama de verdad brillante y chispeante.

 

Bueno, en esta Navidad os contaré mi historia con los macarons, porque lo mismo que me he reconciliado con la idea de que estamos en Navidad, tengo que confesar que también me he reconciliado con estos pastelitos que Catalina de Médicis, mejor de sus cocineros, que trajeron a Francia para contribuir al mito de la gran cocina francesa.  

  

 

 

 

 ¡OS DESEO LO MEJOR PARA EL 2015!

 

 

 

 


 

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