LA COCINA COMO TERAPIA
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La comida del mediodía empezaba con un caldo gallego, en los que el "porco" casero, los grelos de la huerta o el larguísimo tiempo de cocción competían por el secreto de su bondad. El segundo plato solía consistir en carne, la "carne asada gallega", que procedía de Lorenzana, donde los ternerillos se sacrificaban a diario para que el comensal disfrutara de la carne más tierna y más sabrosa del mundo, siempre acompañada de los "patacolos" o de una magnífica ensalada de lechuga y tomate del terruño, si estaban en temporada y podían cogerse de la huerta. De postre, la fruta y el dulce casero (natillas, colineta, leche frita, arroz con leche, dependiendo de la festividad del día) no faltaban nunca.

 

  

 

 

A pesar de la brillante brevedad del verano, para una niña acostumbrada a la lluvia, la bruma y el viento, los largos y cálidos días estivales parecían durar casi una vida. Además, el verano tenía el tan esperado aliciente del helado, que mi bisabuela elaboraba y, que para subrayar el exotismo de este inusual postre, llamaba "biscuit glacé". Con ello se aliviaban los pocos días de calor sofocante y amedrentador en los que solíamos decir "esto no nos traerá nada bueno".

 

 

 

 

La rutina casera se ponía patas arriba para celebrar la aparición de la vieja heladora de madera, que como la Navidad o el Carnaval sólo aparecía una vez al año. Como si de un rito ancestral se tratase, la natilla se metía en la cuba, rodeada de trocitos de hielo que se obtenían picando una magnífica y cristalina  barra de hielo, traída de Dios sabe dónde... Esta mezcla tras una ardua tarea de batido, se convertía en un maravilloso helado de mantecado, que para mi nunca ha sido superado por ningún otro. No voy a contaros los doce platos que se servían en la Navidad o en la Asunción; para un inmejorable descripción de estas festividades culinarias gallegas os remito a Alvarito Cunqueiro, como mi madre lo llamaba cariñosamente.

 

  

 

 



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