LA COCINA COMO TERAPIA
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Postres

 

 

Voy a inaugurar está sección con uno de los postres españoles más singulares y apreciados, con una tradición de dificultad que muestra la verdadera destreza del buen cocinero/a. Me estoy refiriendo al tocino o "tocinillo" de cielo, que ya apenas se elabora en casa, e incluso pocas pastelerías lo venden. Esperemos que los duendes, con los que siempre contamos de ayudantes, nos echen una mano.

 

 

 

 

 

Creo que la repostería es mi actividad favorita en la cocina, quizá porque personalmente adoro lo dulce (en Galicia diríamos que soy muy "larpeira"), y además porque su elaboración supone retos permanentes. Es curioso observar que en lo referente a los postres, la moda funciona de una manera increible, e incluso cada década se caracteriza por la predilección por un dulce determinado. Yo recuerdo que en los años sesenta los melocotones en almíbar, con un intenso sabor a lata, y el flan casero figuraban entre las primeras opciones de postres en los restaurantes; conforme avanzaba la década, y la gente se iba de veraneo e Benidorm, la cosa se sofisticó y apareció la piña tropical e incluso la piña al Kirsh; y el "grand finale" de este dulce fue "el pijama" (una combinación de melocotón, piña, helado, flan y la recién aparecida nata). En los setenta, la gran novedad fue la tarta al whisky, que más tarde evolucionó a la Comtesa; todo restaurante que se preciase la tenía (y, por desgracia, las maravillosas tartas españoles desaparecieron de nuestros menús). En los ochenta, los postres se dividían en dos tipos: la capuchina para los grandes restaurantes y el tiramisú, un "must" en todo tipo de establecimientos de restauración, incluso en los que ponían la natilla con una galleta encima -que dicho sea de paso, a mí me encantaba. Los noventa trajeron todo tipo de mouses, sorbetes; y se empezó a fabricar, como gran novedad, la riquísima tarta de Santiago, que hecha al estilo antiguo es una exquisitez; y por aquel entonces, los camareros también empezaron a recomendar "el combinado de la casa" como si fuera la créme de la créme, cuando en el fondo no era más que un truco para aprovechar los pasteles que iban quedando. La primera década del segundo milenio se distinguió por toda clase de postres exóticos con coulis y lechos a gogó, en combinaciones muy bonitas pero bastante insípidas, y con nombres que hacían necesario preguntar lo que llevaban. A partir de la crisis económica, tengo la sensación de que se está volviendo a los postres de siempre: natillas de la casa, arroz con leche, leche frita, tocino de cielo, cuajada y hasta los magníficos milhojas: una buena señal de inteligencia y de vuelta a la cocina tradicional; aunque faltan mis favoritos: los merengues.

 

 

 

 

Bueno, a mí me hubiera encantado tener una pastelería, e incluso en plena vida profesional, pensé (de cara a mi jubilación) comprar un localito, que era por entonces una marmolería que fabricaba objetos de decoración para el negocio de los muertos; y que estaba a la venta en el mismo centro de la ciudad y a muy buen precio. Yo pasaba todos los días por allí e imaginaba los angelotes, jarrones y flores de mármol transformados en preciosas tartas decoradas de mil maneras.

 

 

 

 

  

Un día se lo comenté a mi marido, bajo pretexto de que el portalico podría ser una buena inversión pero, como no hemos sido nada comerciantes, le pareció que lo mejor era no meterse en camisas de once varas. En el fondo, lo que le hizo descartar la idea ipso facto, fue el comentario de uno de mis hijos de que "mamá va a poner una preciosa pastelería cuando se jubile". Creo que no debió dormir en varios días, pensando en la película de Woody Allen, donde los protagonistas pretendían robar un banco mediante la excavación de un túnel, mientras que Mia Farrow, para disimular el sonido de la perforadora, hacía galletas en una máquina ruidosa; al final, las galletas se convertían en un auténtico boom comercial y sus ganancias eran mucho más suculentas que el propio botín del robo. Estoy segura de que mi cónyuge debió de tener pesadillas con las tartas y el local de las pompas fúnebres, y como además soñaría que yo triunfaba y expandía el negocio con una cadena de sucursales que, al final, se convirtían en franquicias, un día cerró el pico y no se volvió a hablar del tema (y tengo que decir que mi marido me ha apoyado siempre en todos mis proyectos).

 

 

 

 

En el portal en cuestión han puesto una boutique con marcas tan afamadas como Valentino, Versace, D&G y otras que, por mi desconocimiento en materia de moda, no puedo recordar, pero yo sigo pensando que las tartas hubieran hecho una tienda más bonita.

 

 

 

 

A ver si os gusta el tocino de cielo, que es la primera receta que os ofrezco; a mí me encanta y me parece una joya de la cocina española.

 

 


 

 

 

 

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