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Recetas de Cuaresma y Semana Santa

 

 

Hemos salido del martes de Entroido (o Antroido) para meternos  en la Cuaresma y, después entraremos de lleno en la Semana Santa. Desde tiempo inmemorial estas dos festividades se conmemoran como realidades contrapuestas y rivales: la abundancia y el desbordamiento del Carnaval da paso a la austeridad y a la penitencia de la Cuaresma. A este respecto, no creo que nadie como Pieter Bruegel el Viejo  (1559) haya retratado esta rivalidad, de forma tan ingeniosa como en "La batalla entre Carnaval y Cuaresma" (1550), un torneo que tiene lugar en un pequeño pueblo flamenco durante un Miércoles de Ceniza; y en donde sus más de doscientos habitantes toman partido por uno u otro bando. 

 

Supongo que ya os estaréis preguntando a qué viene un comentario sobre una obra pictórica en una página de cocina; mi constestación no puede ser más rotunda: pocos cuadros describen de forma tan pormenorizada el tema de los productos alimenticios típicos de los "carnavaleros" o a los "cuaresmeros". En esencia, esta pintura más parece sacada de un tratado culinario que de una descripción de dos festividades enfrentadas a muerte. Como ambas celebraciones tiene muy diferentes gastronomías, y a la vez magníficas, creo que no estaría de más comentar, y hasta desconstruir, el famoso cuadro del pintor flamenco, para que cuando nos comamos una filloa ("pancake" o "crêpe") o un bacalao al pil-pil sepamos hsitóricamente qué hay detrás.  

 

 

 

En este cuadro vemos que el argumento principal se desarrola en la parte delantera, en donde el señor Carnaval se bate con la señora Cuaresma, ambos con lanzas que representan sus diferentes ideologías.

 

  

Mientras el señor Carnaval, con un gran barriga y sentado en un barril de vino,  feliz y con los pies en estribos que reposan en sendos recipientes, lleva encima, a modo de sombrero, una cazuela con una sopa de ave, y su lanza es un espetón de cabeza de cerdo, un pollo, pedazos de carne y salchichas, para lo que necesitará unos cuchillos que lleva en su cintura. Detrás del Carnaval y sus partidarios, se ve  a una mujer cocinando pasteles típicos de esta festividad en una hoguera —quizá las famosas filloas, crêpes o pancakes del  Martes de Carnaval. Su cortejo está formado por hombres disfrazados —unos travestidos y un hombre encinta— con sus máscaras para poder pecar sin ser identificados; aparece además un tonto y tres músicos con instrumentos de cocina. En este cortejo ya se anuncia la muerte del Carnaval mediante un personaje vestido de paja, que alude a su eventual quema. El último de la fila es un niño pequeño que lleva en la cabeza la corona de papel  del roscón de Reyes, y una butifarra colgada del mandil. En la parte de abajo, un individuo extraño, con un espejo colgado en la espalda, está jugando a los dados con un oscuro personaje enmascarado. No se está apostando dinero, sino los gofres que lleva atados al sombrero y de momento, parece que ya ha perdido el primero. Ésta es sin duda la representación de la farsa de Carnaval. 

 

  

Por el contrario, Doña Cuaresma es una señora triste, delgada y vestida de monja. Lleva en la cabeza una colmena, símbolo de la iglesia, y su lanza es una vara con arenques. Va tirada por un fraile y una monja y en su pecualiar carruaje hay comida típica de Cuaresma: panes, pretzels y mejillones. Y sus acompañantes son unos niños que tocan la carraca. Es curioso que en mi pueblo y por Cuaresma también nos divertíamos con  el terrible ruido de la carraca. 

  

 

Cerca aparece una iglesia con las puertas abiertas, en donde vemos la imagen de un santo cubierta por una sábana. De esta templo, salen mujeres con la ceniza en la frente, que les acaban de imponer (no olvidemos que el día representado en la obra es el Miércoles de Ceniza), y asimismo se observan cestas de peces recordando la abstinencia. Un rico da limosna a los pobres y enfermos que están en el exterior del templo, pero nadie repara en los tullidos que están en la puerta de la taberna. 

 

 

 

Parece que el pintor quería retratar la sociedad de su época, sin tomar partido por ningún bando, sino más bien mostrándolos de una manera objetiva. En este sentido, y en el mismo centro del cuadro, a una distancia equidistante del Carnaval y de la Cuaresma, sitúa a una extraña pareja. Aunque no me corresponde a mí juzgar estas dos tendencias ideológicas, no puedo evitar proyectarme en esta pareja, que de espaldas a la contienda, va siguiendo a un bufón que lleva una antorcha encendida en pleno día, quizá para alumbrar la propia estupidez humana de cualquier tipo de intolerancia. 

 

 

 

  

Como ya he comentado el Carnaval en un apartado de esta web, me dedicaré ahora a comentar muy brevemente lo que para mí significaba la Cuaresma. En mi niñez,   el ayuno y la abstinencia se cumplían a raja tabla, a veces más por "el qué-dirán" que por una cuestión religiosa. En la España de entonces, la abstinencia prohibía la ingesta de carne, que la burguesía sustituía por pescado; el bacalao en salazón era el favorito en las tierras del interior, mientras que en la zona costera, preferíamos  un pescado fresco: rodaballo, merluza, lubina, o un buen besugo. Los pobres de entonces ayunaban más bien por necesidad y esto se hacía extensible a cualquier época del año. De estos preceptos religiosos surgió la gastronomía de Semana Santa, que en este país es deliciosa, y en la mayoría de los casos salimos ganando. Actualmente, tenemos que reconocer que comer pescado sigue siendo un auténtico sacrificio o mortificación, sobre todo para el bolsillo. 

 

Como de niña nunca me gustó la carne, siempre di la bienvenida a los viernes de esta etapa litúrgica, ya que además la abstinencia se compensaba, por lo menos en mi casa, con estupendos postres cuaresmales. La pena era que en España había la posibilidad de comprar "las bulas", que evitaban prolongar la abstinencia  el resto de los viernes del año, como era habitual en otros países europeas; a mí, esta concesión no sólo me parecía injusta porque nos retornaba a las tristes albóndigas del viernes, sino también por lo mucho que irritó a Lutero, que renegó de la compra de estas bulas. 

A mí me encantan algunas platos que sólo comemos por estas fechas, y por eso voy a tratar de ofreceros algunas recetas muy propias de la Semana Santa. Entre las saladas, os presentaré un potaje de vigilia,  una cazuela de trigo y salmón, unos spaghettis con chirones, unas alcachofas en flor, y alguna que otra cosa; en el apartado de la repostería os invito a probar la magnífica "tarta de manzana de Nantes", las chulas de pan en leche de la Goleta y la siempre popular leche frita. 

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