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Rape con salsa de miel y mostaza: el pescado del Cantábrico (I)

 

 

Yo vivía en un pueblo que pertenece a las rías altas gallegas del mar Cantábrico. Este agreste litoral, a diferencia de las rías bajas, más mansas, turísticas y con mejores temperaturas estivales, está bordeado por una sucesión alterna de acantilados y bellísimas playas abiertas al mar, en donde destaca una de las más curiosas y caprichosas del mundo: la playa de las Catedrales, cuyos arcos nos recuerdan los arbotantes de una catedral gótica. Esta costa termina en la ría de Ribadeo que une las orillas gallega y asturiana y en donde el mar se remansa en esa especie de bahía, cuya belleza no tiene nada que envidiar ni a los fiordos noruegos ni a los lagos suizos.

 
  

 

 

 

 

 

La ria de Ribadeo es la normal desembocatura del río Eo y alrededor de ella se asientan varias pequeñas localidades costeras muy pintorescas. La fotografía de abajo es un pueblecio llamado Castropol, que es uno de los lugares más calmos y serenos de la zona. Yo siento una especial predilección por este maravilloso asentamiento y por sus gentes que se resistieron a convertirlo en un lugar turístico. Creo que se ha quedado como un reducto moral en un mundo en donde se rinde pleitesía al dinero fácil del desaforado boom inmobilario, que ha arrasado prácticamente nuestras costas.

 

   



 

El otro pueblecito es Figueras (foto inferior), un lugar mucho más bullicioso y turístico en donde, en torno a su castillo, se desarrolla la vida  de sus habitantes, pero aquí por desgracia el turismo ha impuesto sus servidumbres y la construcción ha hecho más de un estrago, sobre todo en los espacios que bordean las playas de finísima arena. Por fortuna, no han podido con el fenómeno de las mareas que mantiene el paisaje de antaño y sigue inexorablemente transformando la fisonomía de la costa: de extensiones doradas y brillantes, que dan a la ría un aspecto casi irreal, se pasa a pequeñas y recogidas calitas, en un mar que unas veces se muestra fiero y grisáceo y otras apacible y verdoso.

    

 

 

 

En la orilla de enfrente a estos pueblos, está la villa de Ribadeo, un paraíso natural muy afortunado y bello, con el edificio emblemático de la Torre de los Moreno. Su torre de tejas brillantes y rojizas, coronada por una pequeña cúpula sostenida por cariátides (a las que el pueblo llama "las señoras"), se asemeja a una atalaya que se divisa a muchos kilómetros a la redonda.

 

 

 

Esta era mi casa; para mí, la más maravillosa del mundo no por su valor arquitectónico, con rasgos modernistas de un discípulo de Gaudí, sino por su enclave privilegiado que permitía contemplar en toda su extensión la desembocadura del río Eo. Yo vivía en un piso de la primera planta cuyas fachadas tenían vistas a tres escenarios diferentes. En primer lugar las habitaciones de la parte delantera daban a la plaza ajardinada conocida como Plaza del Campo, en donde tenían lugar todos los acontecimientos importantes del pueblo -la Cabalgata de Reyes, el Carnaval, la fiesta del Carmen, el trofeo Emma Cuervo, las fiestas de la Patrona, y un largo etc.-. La segunda fachada, en donde estaba mi habitación, se abría a una callejuela donde se daban cita todos los vientos del mundo, y desde donde se divisaba la ría aunque un poco en escorzo. Finalmente, el comedor se ubicaba en la parte trasera y tenía una vista inmejorable de la ría, que en días claros nos dejaba vislumbrar hasta Tapia de Casariego.

 

 

 

 

Mi vida estuvo presidida por el mar, y las evocaciones de aquella época tienen mucho que ver con las condiciones atmosféricas de los vientos, las mareas, las nubes y hasta las fases de la luna. Todos esos fenómenos marcaban nuestra  vida de forma casi decisiva. Cuando nos levantábamos con la idea de ir a la playa o estábamos deseosos de estrenar un vestido el día de Ramos, lo primero que hacíamos era ver cómo y de qué color estaba el mar, y si la marea estaba baja o alta, qué clase de viento soplaba (si era "nordés" limpiaría las nubes pero si, por el contrario, soplaba vendaval llovería); el tipo de nubes también era otra señal muy certera ("cielo empedrado, suelo mojado").Todos esto factores hacían que una radiante y soleada mañana tuviera un mal augurio (se decía "no aguantará"); por el contrario en días oscuros en donde parecía que el cielo descargaría toda el agua del mundo, el viento que soplaba y la marea en pleamar eran una señal inequívoca de un día prometedor: "en un par de horas abrirá y tendremos buen tiempo". Y siempre -o casi- estas prediciones se cumplían.

 

 

 

 

Perdón por esta introducción que estaba destinada a hablar del pescado del Cantábrico, pero lo chovinista que soy en cuanto a mi lugar de nacimiento, ha alargado sin remedio mi relato: me he puesto a recordar con nostalgia el sitio de donde venían los peces y se me ha ido el santo al cielo. Quédese el pescado para otro día.

 

 

 

 [Quiero dar las gracias a D. Wilmar Rodriguez M. por las preciosas fotos de Figueras, Castropol y Ribadeo que me ha proporcionado. 

http://www.crazyflick.com/2010/05/28/castropol-y-figueras/]

 

 

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