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Los scones: unos bollitos muy británicos

 

 

Los scones son otro icono británico como los fish and chips, el Old Trafford, Lady Di, o la Torre de Londres y sus beefeaters. Tengo la convicción de que el dominio de estos términos culturales son un requisito vital para entender tanto la lengua como la cultura inglesa. Por eso, no se puede ser un buen hablante de la lengua de Shakespeare sin, por supuesto, haber vivido en Inglaterra y sin entender el cartel de: "Cream tea is served here from 14.00 to 16.00".

 

 

 


 

Los ingleses entienden perfectamente que los extranjeros hablen con acento de sus países (ciertamente hasta lo agradecen, siempre debe haber diferencias y no somos todos iguales), y admiten sin problema las faltas gramaticales (ellos mismos cada vez cometen más) pero no perdonan que se rompan las reglas de cortesía: su reglas sociales son las que deben regir el mundo, que ya lo dice bien claro uno de sus himnos "Rule Britannia, Britannia rule the waves!". Por eso, cuando un extranjero llega a una tienda y dice amablemente: "Give me a pound of apples", la vendedora enseguida piensa: "Bloody foreigner", porque considera que la está insultando, ya que en el lenguaje de la cortesía rutinaria diría algo como "Would you please give me a pound of apples". Los españoles, que somos bastante simplistas para esas complejidades socioculturales, solemos pensar ante la mala cara de la empleada: "Pero si no le estoy pidiendo nada gratis, si se lo voy a pagar".

 

 

 

 

  

Volvamos al cream tea que ni es un té con crema o nata, ni se toma a las cinco de la tarde (five o'clock tea, como dice la tradición) sino que los ingleses, tan amigos de llevar la contraria, lo sirven con leche y de tres a cuatro de la tarde; pero lo que indiscutiblemente no puede faltar son los scones, unos bollitos típicos. El cream tea es una verdadera ceremonia, en donde no puede faltar ni el té en tetera, ni una jarrita del agua hirviendo para reponer el agua, ni un colador, ni los scones acompañados de mermelada de bayas (fresas, frambuesa, moras, arándanos, etc.), porque la de naranja o melocotón no entran en el ritual; tampoco debemos olvidar la mantequilla o la nata, la primera para untar sobre las scones que se cortan horizontalmente y la segunda para poner encima de la mermelada como si de una montañita nevada se tratara. Los sandwiches y pasteles o tartas son opcionales. La espesa nata de la foto es de la zona de Cornualles y es la más apreciada para los scones.


 

 

  

Durante años, creí que los mejores scones lo servía Fortnum & Mason en Picadilly, Londres, (en su menú aftenoon tea) y siempre he anhelado una de aquellas meriendas en el maravilloso y aristocrático salón de té. Pero la primera y última vez que estuve allí noté que, en primer lugar, la etiqueta británica londinense había sido barrida por todos los extranjeros del mundo, especialmente chinos y japoneses, y los pocos ingleses que allí quedaban tampoco provenían de Downton Abbey; y de esto me di cuenta por la forma en que usaban los cubiertos; porque si hay algo importante en el Reino Unido es saber utilizar correctamente los cubiertos sobre todo para los pasteles y tartas, lo que sin duda refleja la clase social a la que perteneces: la clase trabajadora los come con tenedor, la clase media con cuchara y la clase alta con cuchara y tenedor. Mi segunda decepción fueron los scones que no estaban recién hechos, más bien habían visto tiempos mejores y una amiga que estaba conmigo comentó: "No tienen ni punto de comparación con los tuyos" (desde que me jubilé he dejado de ser modesta y prudente; ya me permito licencias que jamás en mi vida hubiera empleado antes).

 

  

 


Otra experiencia reciente con los scones fue en el Distrito de los Lagos, concretamente en el lago Windermere; esta región era una de mis sitios favoritos de Inglaterra que siempre he admirado por esa combinación de lagos rodeados de preciosas colinas; y ese paisaje natural, donde abundaban las tradicionales tea houses, situadas en preciosos cottages diseñados al modo renacentistas (la foto de abajo es un ejemplo típico). La verdad es que para mí uno de los grandes placeres era tomarme un  un cream tea o afternoon  tea en estos emblemáticos lugares.  Bueno, pues la última vez que estuve  allí, sólo había  montones de hamburgueserías y otros establecimientos con tés en vasos y cucharitas de plástico y leche en cápsulas;  desesperada me a una oficina de turismo dónde pregunté dónde podía saborear un cream tea como Dios manda; me remitieron a un hotel en la colina del lago Windermere, para lo que irremediablemente habría de coger un taxi, porque estaba en lo alto de la colina, un dispendio que iba en contra de todos mis principios. Pero estar en Windermere y no tomar un té comme il faut, me parecía imperdonable, así que no lo dudé dos veces, sabe Dios si volvería alguna vez a Windermere (George Barrett).

 

 

 

 

 

En aquel hotel, en donde se suponía que el cream tea era de lo más posh, era donde se había rodado la escena final de la película de "The French Lieutenant's Woman" con los protagonistas remando en el lago y aquello era otro plus añadido. Verdaderamente era precioso, lleno de hortensias y fucsias que me recordaban a la Goleta; y cuando me disponía a disfrutar de mi té, por el que con gusto pagaría un capitalito, me encontré con unos scones que no se tragaban (húmedos y rancios), el agua hirviendo para reponer la tetera estaba templada (¡pecado mortal en este ritual!) y los sandwiches eran de cualquier cosa menos de lo esperable: pepino. No es que me gusten particularmente los emparedados de pepino, en realidad no me gustan, pero para acompañar el té de la tarde son los obligados. Uno no ha leído y disfrutado de las comedias de Oscar Wilde (véase "Lady Windermere's Fan") para no saber que los sandwiches de la tarde son obligadamente de pepino, lo mismo que la reina es la dueña de los cisnes de Inglaterra (sí los cisnes, no los cines) y nadie se lo cuestiona. En Inglaterra las cosa son como son y punto... (Los de la foto son de pepino, y además están cortados como el protocolo aconseja y no en triángulos como hacemos los catetos). (Foto, D.P.: The Orangery en Kensington Palace).


 

 

Bueno, el cream tea (tan idealizado por mí en aquellas alturas de mi vida) fue una total decepción; representaba el final de la civilización británica y de todo lo bueno que se le atribuye a la reina Victoria que seguramente estaría revolviéndose en su tumba.

   

Después de lo contado, no me queda otro remedio que salvar el honor de Inglaterra. Este país tiene montones de virtudes y algunos defectos, como el esnobismo y su sentido de superioridad,  que los ha llevado al desatino del brexit. Alguna vez cuando me han resultado tan chovinistas, les he contado la anécdota del rey Alfonso XIII cuando cansado de que la Reina Victoria Eugenia le recriminase que se comiera los churros con la mano; el Rey le dijo airado: “En España desde el Rey al último súbdito se comen los churros con la mano”. Pero bueno, el honor de Inglaterra está en ganar que decía algo, y lo que quiero hoy alabar es como un bollito tan simple como un scone puede estar tan bueno, o al menos a mí me lo parece. Son esos sabores ingleses, como la mermelada de naranja amarga, el Christmas pudding (pastel de Navidad), el kidney pie (empanada de riñones), o los beans on toast (alubias sobre pan), que cuando los pruebas por primera vez casi vomitas, o los encuentras totalmente insípidos, pero si te acostumbras a ellos te parecen imprescindibles.


 

No quiero dar la impresión de que no aprecio Inglaterra; todo lo contrario, he sido muy feliz en ese país, que tanto me ha enseñado y que admiro profundamente, y quizá son esas peculiaridades que se permiten o se pueden permitir lo que me conmueve más del Reino Unido.


 

 

 

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