LA COCINA COMO TERAPIA
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Sopas y cremas

 

A mí me pasaba como a Mafalda, no me gustaba nada la sopa, ni tampoco las cremas (antes purés) de ningún tipo; las consideraba sosas y aburridas por muy buenas que fueran. ¿Cómo se podía comparar una tortilla de patata  o un bocadillo de chorizo, o mejor de sardinas o calamares, con una sopa de cocido, que se ponía a hervir muy despacito durante horas y horas para luego clarificarla hasta que quedaba totalmente transparente, y por último se le agregaban unos fideos de cabello? Sin embargo, me volvían loca las ciruelas verdes de las que, una tarde veraniega y recién cogidas de una huerta amiga, me puse morada y estuvieron a punto de mandarme al otro mundo; y ahora sólo de pensar en aquellas ciruelas tan duras y amargas me da un repelús tremendo. Sin duda, la osadía y rebeldía de la adolescencia nos hace apreciar sabores que pueden resultar tentadores, excitantes, sorprendentes, o simplemente imprudentes. Es, por ello, por lo que yo prefería una ciruela fuerte y amarga a una exquisitez de un consomé tradicional. Las algas de la playa y de las peñas también me encantaban, aunque las tenía totalmente prohibidas por venenosas; y ¡que paradójico me resulta ahora verlas entre las exquisiteces de los grandes restaurantes! Creo que de todos aquellos sabores "salvajes" sólo me queda el gusto por el agua fría, muy fría, congelada si puede ser, que todavía mantengo intacto a pesar del tostón que me dieron con que había sido la causa de la muerte del pobre Felipe el Hermoso.

 

 

 

 

 

Siempre pensé que los cambios en las preferencias por determinados sabores venían dados por las circunstancias de las diferentes etapas de la vida, que también afectaban a otros ámbitos como las aficiones, las horas de sueño, el dinamismo, sin olvidarnos de los cambios fisiológicos del propio cuerpo humano; lo mismo que la ideología radical y dogmática de la juventud da paso a un pensamiento más pragmático y reflexivo.

 

  

 

 

Sin embargo, si bien es cierto que a lo largo de la vida sufrimos estas transformaciones lógicas en nuestros gustos, no es menos cierto que a menudo sus causas son más sutiles y complejas que las propias de la edad; e indudablemente tienen también mucho que ver con el estado emocional o anímico, los problemas de la vida con los que inevitablemente nos enfrentarnos, y hasta el miedo a un futuro incierto. Así, cuando echo la vista atrás, veo razones de toda índole. Quizás la pregunta del millón sería saber en qué momento de nuestra existencia sufrimos estos cambios, y cuáles son las verdaderas razones de ellos.

 

 

 

 
 

El otro día me llamaba una amiga que vive fuera de España, de esas amistades de juventud que perduran toda una vida, y me contó que, como iba a estar sola una semana, había decidido aprovechar para que le pintaran la casa (¡una diversión magnífica!). Pero lo que viene a cuento aquí, es que me decía que se había preparado una buena cantidad de sopa y, a pesar de que es una grandísima cocinera, era lo que iba a comer durante todo ese tiempo (supongo que con pan y, si de paso aprovechaba el duro, mejor que mejor). En tantos años de amistad no recordaba que le chiflara la sopa, más bien todo lo contrario. En su caso es seguro que tenía que ver con el cansancio, o la novedad, o la posibilidad de limpiar la vitrocerámica con un plumero.

 

 

 

 

Mi madre en sus últimos meses de su vida, cuando padecía un enfermedad incurable, sólo quería alimentarse de sopa, que sorprendentemente nunca le había gustado, pero decía que era lo único que "la consolaba". Yo misma confieso que, en esta etapa de mi vida, una crema de verduras, otrora despreciada, también me resulta "consoladora" por lo genuino de su elaboración, que me hace sentir el sabor natural de una materia prima sin ningún tipo de impostura; en definitiva, algo que me acerca a la esencia de las cosas e incluso de la vida.

 

 

 

 

Eso mismo nos ocurre con la pintura, la música, la arquitectura, etc. en donde geniales creadores como Mahler, Velázquez o Miguel Ángel, antaño nuestros favoritos, son reemplazados por la música esencial de Bach o por la simplicidad de Fray Angelico, o por una iglesita prerrománica.

 

 

 

La crema de verduras que presento a continuación es una receta muy antigua y apreciada en la gastronomía judía de donde procede y, además de ser de una gran simplicidad, es un plato muy sabroso y saludable (yo digo que todas las enfermedades mejoran con ella) y en mi casa, junto con el hervido de verduras, constituye el auténtico marchamo de mi cocina.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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