LA COCINA COMO TERAPIA
COCINATERAPIA
Portada
ÍNDICE DEL LIBRO DIG
Recetas alfabéticas
NAVIDAD RAPE ALANGOS
Inicio
NOVEDAD LIB DIGITAL
NOVEDADES IMPORTANTE
NAVIDAD 2012
NAVIDAD 2014
HALLOWEEN
Recetas para crisis
Ensaladas/verduras
Recetas populares
Recetas suntuosas
Sopa/gazpacho/cremas
Consomé
Sopa de fideos
C. apio y lentejas
C. calabacín/guisan
Crema calabaza/coco
Sopa andaluza
C. brócoli/jengibre
Gazpacho de sandia
Gazpacho manzana
Gazpacho andaluz
Salmorejo cordobés
Ajoblanco
C puerro/apio/pistac
Consomé/sopa cocido
C. cabaza/manzanas
C.apio,manzana/puerr
C. lombarda/ manzana
Vichyssoise
Minestrone
Sopa para enfermos 1
Sopa para enfermos 2
Crema enfermos 3
Recetas básicas
Recetas vintage
Otras cocinas
Cocina francesa
Cocina italiana
Bollería y galletas
Helados
Postres
Confituras
Cocina para regalos
Contacto

 

 

 

 

 

 

 

 

Sopas y cremas para enfermos

 

Hemos pasado una gripe tan mala este invierno que no he parado de acordarme de los sabios cuidados de mi madre cuando nos poníamos malos. Hacía tanto años que no había cogido una gripe que casi me sentía inmune a ese temido virus que tan devastadores consecuencias producía en otros. Pero hete aquí que este año vinieron a por mí, y me atacaron de manera inmisericorde, con una fiebre muy alta y una duración más larga de lo normal. ¡Nunca había ansiado tanto los remedios de mi madre! La verdad es que, no sé si por pura sugestión o porque mi cuerpo me lo pedía, sólo deseaba tomarme una de aquellas sopas de verduras que mi madre preparaba para entonar el cuerpo y limpiar las toxinas de aquellas miasmas asesinas.

 

 

 

 

 

  

 

Mi madre tenía ideas propias sobre casi todo; a veces, contraviniendo la doctrina médica existente, y era poca dada a confiar en tratamientos terapéuticos "modernos".  Por ejemplo, en los procesos gripales pensaba que lo conveniente era alimentarse de sopas de verduras ligeras y con caldos traslúcidos y, sobre todo, evitar los productos lácteos que engordaban la mucosidad y entorpecían el funcionamiento pulmonar; por supuesto, la ingesta de líquidos era de obligado cumplimento, a excepción de la leche.

 

 

Mi progenitora, que no tenía ni el más mínimo conocimiento científico sobre nutrición o dietética, había heredado de sus antepasadas toda suerte de remedios milagrosos para casi todo. Yo recuerdo que siendo mi hija, siendo muy pequeña, tuvo un fuerte dolor de oídos como no sabía muy bien qué hacer, recordé que en el cuarto de baño de mi casa había un armarito que guardaba las medicinas milagrosas; entre ellas, había un pequeño frasquito de color azul oscuro, con tapón de cristal y con una etiqueta que decía "láudano". Ese medicamento me era familiar porque, aparte de otros usos, recordaba aquella gotita que en el oído tenía efectos mágicos. Así que ni corta ni perezosa pedí a la farmacia que me enviase láudano en gotas y, aunque debieron de quedar bastante perplejos, me lo hicieron llegar de inmediato; ¡aquel preparado fue "mano de santo"!. Cuando le conté a mi marido lo bien que había resuelto el problema, se quedó horrorizado de que hubiera utilizado un opiáceo con una niña tan pequeña. 

 

 

 

 

 

 

El segundo gran remedio era un frasco rechoncho y blanquecino, que talmente parecía de ámbar; aquello curaba, sobre todo, problemas cutáneas (picores, urticarias, entonces las alergias eran enfermedades raras); se llamaba Resinol y era un producto cubano, que mi madre cuidaba de que no faltara nunca (sólo se podía comprar en Cuba pero, afortunadamente por entonces, mucha gente de mi pueblo viajaba a Cuba por los intereses que tenían en la isla). De niña, yo padecí unas extrañas lesiones que no cicatrizaban, y que mucho más tarde se diagnosticaron como algún tipo de soriasis; antes de acostarme me frotaban con aquell ungüento espeso y de fuerte olor a resina (quizá el nombre aludía a este componente), para luego vendarme la parte del brazo afectada. Tardé bastante tiempo en ponerme bien, quizá más de un año, pero lo superé totalmente. No sé si fue coincidencia o no, pero mi madre juraba que el Resinol me había curado. Esto, sin duda, fue la razón por la que ella odió de forma muy particular la revolución de Fidel Castro, ya que a partir de subir al poder, nunca más pudimos conseguir aquel botecito milagroso que de tantos males nos había librado.

 

 

 

 


 

En Galicia, existían miles de remedios naturales, o no tan naturales, para sanar cualquier mal. No quiero ni pensar, por ejemplo, en la fe que se tenía en la ginebra para los dolores de la regla (claramente aquello tenía un fundamento bioquímico, ya que el alcohol es un gran vasodilatador para aliviar dolores de este tipo). Todavía me acuerdo de que recién llegada a Madrid cuando una amiga gallega y yo, nos sentamos en el bar de la Universidad Complutense, y mi amiga, que rabiaba de dolor, le pidió al camarero (como si de agua de litines se tratase) una ginebra doble (tenía que ser doble para que fuese realmente efectiva), su contestación fue: "Eso no lo verán tus ojos, jovencita"; quedamos desconcertadas porque en Galicia la ginebra era equivalente al paracetamol y todo el mundo sabía el mal que te aquejaba  si te tomabas un lingotazo de aquel aguardiente, que yo detestaba; pero en la universidad madrileña, anticipándose a los peligros del botellón, ya entonces no permitían las bebidas alcohólicas.

 

Otro gran remedio, que además estaba buenísimo, era el ponche de coñac que preparaba mi madre, una mezcla de huevo batido con azúcar, leche hirviendo y un buen chorro de coñac. Los vahos de eucalipto estaban a la orden del día, y la manzanilla se tomaba para males digestivos y también como antiinflamatorio. Todos los veranos  a alguien le picaba en el mar un extraño pez venenoso, que se conocía como un "ariego", (término imposible de localizar) y que, según Ríos Panisse (1977), procedía del vasco salbario, que en nuestra tierra se convirtió en "ariego", un derivado del gallego area 'arena', es decir, el pez que vivía en la arena'. Con relación a tan temible picadura existía la leyenda de que el dolor duraba hasta que la marea subiera y volviera a bajar, o viceversa; explicación lógica si piensas que eran las doce horas requeridas para que el efecto del veneno desapareciese, pero ¡qué va! aquello no tenía que ver con el tiempo transcurrido sino con el misteriosa efecto curativo de las mareas; se pensaba, además, que lo único que aliviaba aquella tortura era que se orinase encima de la picadura, lo que sí era algo entendible porque la urea es aconsejable como antídoto para este tipo de tóxicos. Realmente, muchas de las leyendas se apoyaban en medias verdades, o eran mentiras con alguna base real.

 

 

 

 

 

 

Estos remedios heredados de generación en generación, a mi padre y luego a mi marido médico, le parecían creencias falsas, propias de supercherías; pero, en mi caso y, después de muchos años de comprobar los resultados obtenidos, mi cónyuje (por influencia de los políticos casi iba a poner "cónyugue") fue aminorando su descreimiento, y aunque nunca lo ha reconocido, hoy es el día que, alguna vez, me pregunta si tengo algún "elixir" para esto o aquello.

 

De todas las enfermedades de mi niñez la que nunca olvidaré fue la parálisis infantil de un querido amigo y vecino de mi misma edad (5 o 6 años), cuando contrajo aquella terrible atrofía muscular, de la que nunca se recuperó (por entonces, hubo en España un brote de poliomielitis que todavía se recuerda): Yo no me despegué de su lado quizá porque, afortunadamente, por entonces se pensaba que la polio no era contagiosa. Aquella fue mi primera experiencia con el sufrimiento humano, que sigo considerando una cuestión teológica incomprensible.

 

 

 

 

 

 

Y después de es digresión sobre las enfermedades de mi niñez,  vuelvo a las recetas de "sopas para enfermos".  Finalmente, no puedo dejar de contaros una anécdota que me reafirmó en la importancia que la alimentación para los enfermos puede tener. En una ocasión, siendo mi hijo pequeño tuvo una diarrea con vómitos que no había manera de cortar; probamos de todo y, sobre todo, esos métodos tradicionales como agua de arroz, que estaban asquerosos, y otros remedios de la misma índole. Desesperada, llamé al pediatra y le conté todos los síntomas y, para mi absoluta sorpresa, me aconsejó poner una mesa con toda clase de clase de alimentos sabrosos y apetitosos, crudos y cocidos, así como líquidos de varias clases. Por supuesto, seguí su consejo porque tenía una confianza ciega en su sabiduría, y en cuanto le dijimos al niño que cogiera lo que le apeteciera, sin dudarlo,  se fue al pan y al jamón serrano y repitió de lo mismo; a las pocas horas, estaba completamente bien. Este episodio se me quedó grabado y desde entonces cuido, con especial esmero, no sólo de que la alimentación sea saludable sino visualmente atractiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy os voy a presentar dos sopas y una crema de verduras que pueden aliviar síntomas de procesos gripales y algunas de sus secuelas.

 

 

 

Sopa de verduras para enfermos (I)

 

 

Esta sopa está concebida para aliviar estados febriles con inapetencia, desgana y hasta repugnancia hacia cualquier alimento; los ingredientes que contienen pretenden eliminar los efectos causados por las toxinas contraidas por la enfermedad.

 

 

 

 

Ingredientes:

 

 

 

 

 

 

Sólo tiene tres ingredientes cortados en trocitos pequeños.

 

2 o 3 zanahorias

 

2 o 3 troncos de apio

 

1 o 2 puerros

 

1 cubito de pollo

 

media cucharadita de azúcar para intensificar el sabor de la verdura

 

sal

 

1 y 1/2 litros de agua

 

 

Elaboración:

 

 

1. Se pone 1 litro y medio de agua en la olla exprés (también la podéis hacer en olla normal) y cuando empieza a hervir agregáis las verduras, la cucharadita de azúcar y cerráis la olla. En cuanto las dos arandelas de la olla aparecen, apagáis la olla y la dejáis reposar hasta que podáis abrirla. No conviene cocer mucho las verduras para que no pierdan las vitaminas y nutrientes. Cuando la vayáis a servir, la saláis. Si os quedara espesa, le añadís un poco más de agua y la volvéis a hervir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. La servís con un caldo ligero y transparente, que os resultará agradable y  reconfortante.

 

 

 

 

N.B. Yo no congelaría esta sopa, la tendría en la nevera un máximo de dos días. Creo que hay que servirla casi recién hecha. 

 

  

 

 

 

 

 ¡CUIDAR VUESTRA SALUD CON ALIMENTOS SANOS Y APETITOSOS!

 

 

 

 

 

Top
COCINATERAPIA | abronte@hotmail.com
UA-30383234-1