LA COCINA COMO TERAPIA
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La tarta de mi tía favorita:

mi primera tarta de manzana

 


 


Pido perdón por la cantidad de tartas de manzana que os ofrezco en esta web , porque indudablemente son mi postre o merienda favoritos, pero hay razones más poderosas: es la primera tarta que aprendí a cocinar de boca de mi tía favorita, un personaje fantástico que nunca olvidaré; y, por otra parte, también tengo que decir que nada me transporta tan velozmente a los años de mi niñez en Galicia como el sabor de la manzana. Por un lado, la manzana era una fruta muy apegada a mi niñez que comía directamente del árbol en casa de mi abuela: aquella manzana roja o verde, de carne crujiente y sabor intenso, dulce o agridulce, aromática, jugosa y siempre refrescante.  Luego cuando estuve en Inglaterra, tuve también la suerte de que mi dormitorio daba a un glorioso manzano de la variedad granny smith, esa manzana verde y fuerte, con la que mi patrona (landlady) hacía exquisitos crujientes de manzana (apple crumble), que entonces se comían con la popular natilla inglesa de polvo (Bird's custard), que se en la época de la posguerra y a mí me sabían mejor que la exquisita natilla de 12 huevos que hacía mi madre, no sé si por hambre o por mi deseo de adaptarme a las costumbres inglesas.

 

  

 

 

Pero, sin duda, cualquier tarta de manzana de la clase que sea siempre me evoca la tarta de mi tía favorita, un pastel simple de sabor auténtico e intenso de manzanas que cogía de las que caían del árbol, y para esta tarte hacía un hojaldre casero poco ortodoxo, del que apenas recuerdo más que frases sueltas sobre las dobleces del hojaldres y el cuidado que mostraba por la mantequilla, que aunque estaba hecha por ella de la nata que se iba acumulando de hervir la leche, consideraba un tesoro que no se podía malgastar. Pero por encima de todo, lo que sí recuerdo nítidamente es la pasión que trasmitía en el amasado.

 

Creo que mi amor por la cocina está muy ligado a la admiración que he sentido por esta tía política, una de las mujeres más extraordinarias y modernas que he conocido; y  aunque el tiempo  y el cariño enturbian mi pretendida objetividad, no dudo de que ha sido una de las inspiraciones más decisivas en mi vida posterior. Aunque el tiempo y el cariño enturbien mi pretendida objetividad, la describiría como una mujer muy bonita, que las maternidades y sucesivas enfermedades habían hecho perder su esbelta figura. En una estantería de su casa había una fotografía suya de recién casada, en el apogeo de su belleza, con un chaquetón de piel de zorro que le daba un aire muy glamuroso, y talmente la asemejaba a la Catherine Earnshaw de la película Cumbres Borrascosas, que estaba colgado en el hall del cine de mi pueblo. Con sus ojos penetrantes, cabello oscuro, facciones nobles, y una inagotable fuente de relatos transmitía una independencia la hacía diferente a todas aquellas mujeres de su generación. Pero quizá su rasgo más característico era su natural simpatía, generosidad y sentido del humor que le hacía ironizar de todo y de todos, y sobre todo de sí misma, si para nada caer nunca en ningún tipo de crítica maligna. Mantuvo siempre un rasgo singular que fueron sus irreprimibles ataques de risa —a veces hasta las lágrimas— que le hacían parecer una mujer un tanto fuera de los cánones de la época. Contaba que en su casa le tenían prohibido reírse por miedo a que su cara se arrugase antes de encontrar marido.


 

 

 

Su matrimonio, que indudablemente fue por amor, restringió tanto su libertad de acción como de consumo. Su marido, hermano de mi madre, era un hombre intolerante y con ideas chapadas a la antigua; sus ingresos fueron siempre un misterio para mí: no sé si tenía pocos ingresos o no los manejaba bien, pero mi tía tenía una asignación, más escasa de lo normal, para llevar la casa, lo que llevaba con gran gallardía y no ensombrecía su orgullo. Pienso que su vida debió de cambiar mucho con su matrimonio, ya que era hija de comerciantes “con posibles”, o lo que antes se conocía como "de casa grande". Por eso, decidió desde muy pronto, buscar medios para compensar su carencia económica. Así emprendió diferentes y modestas actividades lucrativas. Entre ellas, adquirió una máquina de tricotar que se compró a plazos. Un día, ante mi sorpresa y admiración, entró por la puerta de su casa una "Tricotosa", el último grito en confección de prendas de punto; en un breve plazo se hizo con los mandos y aprendió  a hacer todo tipo de diseños, calados, sisas, etc.; verdaderamente era habilidosa para todo; y pronto tuvo unos clientes muy satisfechos. Yo quería sentirme partícipe de aquella empresa, y me adjudicó un trabajo, que ella afirmaba que era de lo más importante: planchar las diferentes piezas con las que luego compondría la prenda final. Yo solía acompañarla mucho, ya que sus dos hijas recelaban del comportamiento atrevido e irónico de su madre, que nunca interpretaron como su verdadero escape ante situaciones mezquinas o ridículas. Más adelante, entendí que a los hijos les gusta que los padres encajan, sin ninguna estridencia, en las normas establecidas, y viceversa. Vivía en un piso de la Torre, en la misma casa que nosotros pero en el último piso, en donde desde su galería, siempre llena de plantas, se divisaba toda la ría, que ella todavía contemplaba mejor con la ayuda de un catalejo. Desde aquel atalaya privilegiada, se divisaba el mar en toda su esplendor y gama de colores; era un espectáculo fascinante presenciar aquellas tormentas que caían sobre la ría. Su casa estaba llena de muebles nobles, plata y decoraciones de gusto y clase, que eran la dote que su familia le había adjudicado, para que nadie dudase de que su negocio era próspero. Una vez casada, la ayuda familiar fue nula (lo que tampoco reprochó); entre otras cosas porque había muchas hermanas a las que casar. Realmente, su gran pasión no era la casa, sino la lectura que la substraía de la realidad cotidiana; semanalmente sacaba de la biblioteca pública todo lo habido y por haber; y a través de ella, tuve la suerte de conocer la flor y nata de la literatura inglesa y francesa, y la gran narrativa española del XIX. En resumen, su personalidad se asemejaba a su flor favorita: la modesta camelia, bonita y orgullosa, con ese carácter optimista y sufrido que la hace brotar en las terribles condiciones ambientales del febrero gallego.

 



Con su cuñada, que era mi madre, polos opuestos, tuvo una relación más materno-filial que de cuñadas. Mi madre, con su natural entrega y sentido común, la prohijó desde el comienzo, no sin cierta envidia por su simpatía y buen carácter, y no sólo la ayudó económicamente sino que la cuidó con total entrega en sus numerosas y graves enfermedades (neumonía, tifus y enfermedades de riñón); por su parte, ella siempre reconoció que el desvelo con que mi madre la había cuidado,  la había librado de una muerte temprana, pero yo disiento de esto, sobrevivió por sus enormes ansias de vivir. Sin embargo, no podía evitar parodiar los comportamientos, un tanto cómicos, de su cuñada (mi madre) cuando actuaba como la "perfecta ama de casa".  

Tengo montones de anécdotas de ella, todas divertidísimas, pero hay una que nunca podré olvidar. Sucedió en una reunión de la Asociación de Amas de Casa (pertenecía a esta asociación, no por su particular entusiasmo por el hogar, sino más bien porque organizaban algunos actividades que le sacaban de su rutina diaria). En aquella velada, se ofrecía un plato "estrella",  que luego se rifaba entre las asistentes. La señora que daría la receta había tenido una trifulca con mi tía porque consideraba que le había robado a su criada. Este hecho era muy usual por entonces y se vivía como una gran ofensa. Era cierto en parte, pero no del todo. La entonces muchacha de mi tía se casaba, y le aconsejó a su amiga que ocupara su sitio, porque su señora (mi tía) era estupenda y muy simpática, y mostraba mucho más interés por el desenlace de sus novelas que por el polvo o las arrugas de las camisas; la chica, ni corta ni perezosa, cometió de inmediato la traición y de paso se quitó de encima a aquella señora pelmazo, que además no sentía ningún afecto por sus fámulas.  Volvamos a la historia. La susodicha señora empezó a dar los ingredientes de la receta "estrella", que se sorteaba:  24 yemas, no sé cuántas libras de chocolate extrafino (no servía el chocolate  "El Moreno", el arenoso y tosco que hacían en mi pueblo), un licor especialísimo, y ¡qué sé yo cuántos ingredientes más!. Mi tía decía por la bajinis: ¡Qué barbaridad de huevos! ¡Qué desperdicio de chocolate! y otras lindezas. Y, por fin, sacaron el número de la rifa, y allí estaba mi tía levantado la mano para mostrarlo, y ¡a la dueña de la receta a punto de darle un pasmo y morirse de rabia!; entonces a mi tía, en el momento más inoportuno, le dio uno de aquellos ataques de risa que la hacían llorar, y tuvo que salir corriendo; finalmente, yo tuve que recoger "El Bombón Gigante", que era como se llamaba el plato, que para ser justos no hacía honor a tanto ingrediente costosísimo. Mi tía, que por su modesta economía, preparaba recetas estupendas con costes mínimos, decía siempre: "Hacer un bizcocho de seis huevos no tiene ningún mérito, el mérito está en hacerlo con un huevo". Para horror de mi madre, fue una de las primeras "señoras" del pueblo en comprar carne de caballo y pescado congelado sin el menor reparo; y su cocina siguió siendo maravillosa, y quizá hasta más creativa. A veces pienso que mi gusto por ponerme a "economía de guerra" lo he heredado de ella.

Años más tarde, ya viuda, se fue con sus hijas para ayudarles a criar a sus nietos, y cuando consideró que ya no la necesitaban, volvió a una finca que había heredado muy cerca de la playa de las Catedrales, una zona ventosa del litoral gallego, donde el mar enfurecido batía fuertemente, depositando en sus orillas todo tipo de algas y sargazos. La propiedad poseía una vieja casa destartalada, que ella arregló para que fuese medio habitable. Empezó a ocuparse de los muchos manzanos que aquella propiedad tenía, cuya producción empezó a vender para hacer sidra; criaba gallinas y conejos, vendía los huevos y se autoabastecía de la verdura que sembraba; en el desván puso un pequeño estudio donde pintaba naturalezas muertas, por cierto muy aceptables. Cuando, después de muchos años sin verla, fui a visitarla me agasajó con toda clase de manjares, que nunca antes había podido permitirse, y desde el pan hasta el licor de guindas estaban elaborados por ella.

En pleno invierno, paseaba al amanecer por aquella costa bella y atemorizante; la gente empezó a decir que había enloquecido; pero yo, que la conocía mejor que nadie, sabía que no era cierto; por el contrario, ése fue, sin duda, el periodo más feliz de su vida. Por fin, había alcanzado un nivel económico que le permitía disfrutar de lo “superfluo”,  lo que nunca antes se había podido permitir. Pero, sobre todo, había alcanzado su ANSIADA LIBERTAD. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ingredientes:

 

Esta tarta consiste en un hojaldre casero y manzanas sabrosas) cortadas en láminas y azúcar por encima, o caramelo líquido, o mermelada de albaricoque o melocotón. En la tarta que os he descrito todos los ingredientes eran absolutamente caseros, desde la manzana de la huerta a la deliciosa mantequilla, cuya leche se ordeñaba de una vaca familiar que, como todas las vacas gallegas, se llamaría "Marela". (Os parecerá increíble pero he leído en una investigación de la Universidad de Newcastle que las vacas que tienen nombre dan más leche).

 

-un paquete de hojaldre comprado o, si queréis, podéis probar a hacer mi hojaldre casero

-5 o 6 manzanas  con mucho sabor (la manzana "ambrosía" estará maravillosa)

-4 o 5 cuchradas de azúcar, o caramelo líquido, o mermelada de albaricoque o melocotón para echar por encima y endulzar la manzana; esta tarta lleva caramelo casero pero podéis hacerla con caramelo líquido industrial, que lo venden en todos los sitios. 


 

 

 

Elaboración: 

 

1. Extendéis el hojaldre y lo colocáis en un molde, previamente pinchado el fondo con un tenedor para que no suba: 

 

 

 

 

2. Luego ponéis la manzana,  cortada en rodajas y puestas en círculos concéntricos bien apretados para que entren cuantas más rodajas mejor; le colocáis dos o tres tiras de masa por encima de forma que tenga una apariencia muy casera. Si os muy dulceros, podéis dejar las manzanas en rodajas a macerar con dos cucharadas de azúcar.

 

 

 

3. La metéis en el horno y la tenéis unos 3/4 de hora a 180º y cuando la saquéis debéis comprobar que la manzana está tierna, la espolvoreáis con azúcar, caramelo líquido o la pintáis con mermelada de melocotón o albaricoque; la mía lleva caramelo líquido. Si le echéis el azúcar debe ir al horno otros diez minutos hasta que se caramelice.

  

 

 

 

 

 

 Y ahí la tenéis cortada en un trozo: con una capa de manzana exquisita y jugosa, y  un aspecto totalmente hogareño y casero:

  

 

 

BON APPÉTIT AND GOOD LUCK!!!!!!

 

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