LA COCINA COMO TERAPIA
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Trufas de chocolate

 

 

Hay muy pocas personas a las que no les gusta el chocolate, incluso muchas los consideran aditivo. Por eso, actualmente es muy buena noticia leer en sesudas investigaciones los beneficios del chocolate. Ya en otras recetas me dediqué también a explicar "la pasión por el chocolate", y quizá por asociación, me gustaría dedicar unos pensamientos a algo que me me ronda por la cabeza desde hace siglos y que es la sempiterna "pasión por la la cocina".

 

Hoy os voy a ofrecer la receta de "unas trufas de chocolate" (digo "unas" porque hay innumerables recetas) que son francamente buenas, y no desmerecen en nada a las que venden en las grandes pastelerías, a precios desorbitantes (un euro y medio unidad), a pesar de que en muchas ocasiones tienen un sabor un tanto rancio, por pasarse largos periodos de su vida en los expositores. La receta de las trufas caseras se popularizó en los años 80, pero en estas últimas décadas casi nos habíamos olvidado de ellas: se habían convertido en una receta "demodé", que no vintage porque nunca tuvieron el prestigio del dulce clásico y, a la vez, popular. Yo atribuyo este desinterés no a la falta de calidad, sino más bien a qué uno de sus ingredientes es la leche condensada, que se asocia con la posguerra y con lo cutre, y como en estos últimos años nos habíamos convertido en gente "fina, exquisita y enterada", no estaba bien visto una receta que llevase la famosa leche condensada, asociada  a la hambruna de los años 40. (Siempre pienso que está por escribir un trabajo sobre la importancia de la ideología en la cocina, ¡bonito tema para una tesis doctoral!).

Bueno, como ya no somos ni "nuevos ni viejos" ricos, y la pérdida del valor de nuestros pisos nos ha hecho perder la ilusión de que somos millonarios, creo que podemos volver a la riquísima leche condensada y elaborar estas deliciosas trufas, que en los años 80 tan felices nos hicieron.

  

 

Esta receta me la dio Marisol Gómez Rubí, sin duda, una de mis amigas, junto con Julia Varela, que mejor cocinan y, además, esta compañera de trabajo tiene la fortuna no sólo de conseguir magníficas recetas sino de estar al día en las novedades culinarias, y para colmo, posee un conocimiento de los componentes nutricionales de los productos, que me hace sentir admiración y un poco de sana envidia. Yo tengo dos o tres recetas suyas que son de primera, ¿qué digo de primera?, de primerísima. Como buena cocinera mi amiga posee esa pasión por la cocina que la hace pasarse horas en la cocina por el mero placer de cocinar.

 

 

Siempre me pregunto si la cocina es algo aprendido o heredado. En mi caso, realmente lo atribuyo a mi origen gallego y durante años he dicho que la cocina para las gallegas era algo genético; ahora mismo ya no estoy tan segura de esa afirmación a la vista de tantas jóvenes galllegas que no saben freír un huevo (bueno, esto no es un buen ejemplo, porque freír un huevo es mucho más difícil de lo que parece) y, a diferencia de mi generación que éramos capaces de hacer desde una empanada de anduriñas hasta unos churros, con que sorprendíamos a nuestras familias en los desayuno del domingo, hoy las pizzas y las comidas fuera de casa son la norma.

 

Pero la pregunta del millón de dólares es realmente: ¿Qué es la pasión por la cocina o el amor por cocinar?. Como no puedo hablar por todos los apasionados por la cocina, voy a tratar de contestar esta pregunta yo misma, y ofreceros algunas razones por las que desde niña me ha cautivado la actividad culinaria.

 

1. Me gusta, por encima de todo, trasformar la materia, convertirme en una alquimista, que juega con mezclas de productos para conseguir cambios de sabor y color. Por ejemplo, cuando con unos simples ingredientes como harina, huevos, azúcar y limón hago una obra de arte  como "la tarta de limón y merengue", me siento como se debió de sentir Emily Dickinson después de escribir una de sus poesías. La cocina me ha ofrecido la oportunidad de tener una actividad creativa y lúdica, que no me hubiera sido posible conseguir en ninguna otra tarea artística, ni en la música, ni en la pintura, ni en la literatura, etc.

 

2. Me encanta la innovación, la búsqueda de nuevos sabores y texturas, y el reto de experimentar con nuevas técnicas e ingredientes en recetas tradicionales de siempre, o introducir platos de otras sociedades, que me han ayudado a comprender mejor culturas diferentes. La cocina es un verdadero reto que me mantiene no sólo más viva sino con más ganas de vivir.

 

3. Me gusta cocinar porque me gusta compartir, y me gusta hacer feliz a la gente. Jamás he tenido el sentimiento de pasarme horas en la cocina para terminar con todo en un instante; todo lo contrario, cuando veo la cara de gusto que provoca mi comida, siento que mi trabajo ha merecido la pena. Tengo también la suerte de tener un marido y unos hijos que siempre dicen que todo está buenísimo y para chuparse los dedos y da gusto cocinar para ellos.

 

4. La cocina me hace olvidar los problemas y las penas de la vida y es realmente una auténtica terapia. Sin ir más lejos, la cocina ha sido mi tabla de salvación para superar el vacío que dejó mi vida profesional, como consecuencia de mi jubilación; y, en este sentido, ha sido un regalo del cielo.

 

5. Aprecio más los aromas y las texturas de los alimentos que los mismos sabores. Los olores, en particular, siempre me han generado evocaciones sobre momentos dichosos de mi niñez y de mi hogar, y me facilitan el poder revivirlos. En cuanto a las texturas, nada como amasar, una de las tradiciones más ancestrales de cualquier sociedad, para identificar con la humanidad, y muy especialmente con los hambrientos y desposeídos.


Como epílogo tengo que confesar que he tenido la gran suerte de haber estado expuesta a la actividad culinaria desde muy pequeña, con personas que me han trasmitido esta pasión por la cocina; y he absorbido esta actividad más por un proceso por ósmosis que por sesudos conocimientos teóricos o por necesidades vitales.

 

 

 

Por último y puesto que este postre va de chocolate, sólo mencionar que este producto estrella, en algún sitio lo asemejá a la música de Mozart en comparación los grandes músicos, aparece no sólo en la sección de Postres, sino también de Bollería y Helados.

 

 

 

Ingredientes:

 

 

 

He visto en internet muchas recetas de trufas con leche condensada; y algunos grandes cocineros han sustituido este ingrediente por la nata. Yo misma he probado la elaborarlas con nata, pero al final he vuelto a la receta de siempre, que me dio mi amiga Marisol, una matemática con un acertadísimo criterio para la cocina. Creo que los huevos que lleva esta receta y, que no suelen estar incluídos en otras, es lo que hace que su sabor sea tan especial y único, sin duda la yema de huevo enriquece considerablemente cualquier postre.

 

-una tableta de chocolate neg.o tradicional de 300 gr

-4 yemas de huevo

-150 gr. de mantequilla

-3/4 de un bote pequeño de leche condensada (alrededor de 300 g.)

-medio vasito de brandy o licor de naranja

-fideos de chocolate o un buen cacao en polvo

 

Elaboración:

 

 Esta receta es tirada, y no me va a llevar más que unas cuantas líneas explicarla.

 

1. Ponéis un cazo o cazuela al baño de María. Bueno, alguien me ha pedido que no asuma que los lectores entienden eso del "baño de María". La técnica consiste en  poner dos cacerolas, una encima de la otra (pueden ser del mismo o diferente diámetro): la primera lleva agua que debe estar hirviendo, y la segunda se pone encima con cuidado de que el agua no se le derrame sobre lo que estáis cocinando. Incorporáis al recipiente de arriba todos esto ingredientes: el chocolate a trozos, la leche condensada y la mantequilla y lo batís con el agua hirviendo debajo hasta que está bien fundido. En la foto, ya está todo amalgamado.

 

 

2. A continuación y fuera del fuego, agregáis las yemas una a una, y las váis mezclando con el chocolate, moviendo rápidamente con cuchara de palo o batidor. Y por último, el licor, y seguís removiendo para que se mezcle bien todo.

   

 

 

3. El mismo cazo puede ir a la nevera durante 6 horas o un día entero (podéis usar otro recipiente pero al final se os quedará la mitad por el camino).  Pasado este tiempo, preparáis los fideos de chocolate o el cacao y con dos cucharitas hacéis las bolas (también podéis modelarlas con las manos) y las emborrizáis con uno de los dos productos: fideos de chocolate o cacao.

 

 

4. El chocolate con el frío de la nevera, se endurece y eso os facilita el darle la  forma de bolita a la trufa. También podéis utilizar una manga pastelera. Ahí tenéis una preciosa bandeja para servir con el café; salen unas 60 en total.

 

 

 

 5. Y si queréis, también el rebozado con cacao es otra alternativa. Ahí tenéis el resultados de ambas trufas. Estas trufas no deben estar mucho tiempo en sitios calientes porque al ser semifrías se ponen blandas. Esto pasa siempre que queramos conseguir  trufas  jugosas; pero sabiéndolo se puede prevenir con facilidad, cuidando de devolverlas a la nevera si la temperatura ambiente es muy caluros

 

 

 

6. En la fotografía de abajo, se aprecia el punto de dureza y la bonita apariencia en un platito con el nombre de mi pueblo.

 

 

 

Una sugerencia: las trufas hacen estupendo regalos. Abajo os muestro su empaquetado y envoltura:

 

 

 

 

 

  

 

 

BON APPÉTIT AND GOOD LUCK!!!!!!!

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